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2019/12/13

Esperanza-s de vida

Antes de la Sociedad Industrial los más afortunados vivían una vida. Para la mayoría ni siquiera era vida lo que vivían, y muchos no alcanzaban ni media vida.
En la madurez de la Sociedad Industrial, en los países más ricos algunos empezaban a vivir dos vidas. 
En la Sociedad Telemática va a ser habitual vivir tres vidas físicas, y algunas más virtuales.
No sean bobos: la vejez sigue existiendo, y sigue siendo igual de lamentable que hace cien años. Lo que cambia es la estructura del ciclo de vida: se complejiza. 

2019/04/03

A vueltas con la despoblación y el envejecimiento

Al abrigo de la manifestación carpetovetónica en Madrid, los medios se ocupan de los territorios despoblados y envejecidos, o de la despoblación en general. Para un reportaje sobre el tema me envían un cuestionario, aquí están las respuestas. Daba más de sí para completar el reportaje, pero hoy manda la brevedad (informan de que sólo lleva 7 minutos leerlo)

¿Cuál es la principal problemática de la España rural, especialmente para los mayores?
No se puede generalizar. Lo que se llama la España rural, que de rural ya tiene poco, es extremadamente diversa. No es lo mismo el nivel de servicios y asistencia al que los mayores pueden tener acceso en los pueblos dinámicos de regadío, o en los pueblos relativamente cercanos a ciudades, en sus áreas metropolitanas o a menos de 50 km, que en los desiertos demográficos que mediáticamente se han dado en llamar la "España vacía", que en realidad lleva vacía unas cuantas décadas. 
En los primeros la problemática de los mayores no se diferencia de las que pueden tener en las ciudades. Incluso es posible que tengan mejor atención y servicios que en las barriadas más pobres o cascos antiguos degradados de las grandes ciudades, en las que ni siquiera hay plazas suficientes en las residencias, mientras que en muchos pueblos sobran. En los segundos es donde se da la principal problemática, que se puede sintetizar en una palabra: autonomía
Ese es el concepto importante, más que el de dependencia. Cuando son dependientes esos mayores se desplazan cerca de los hijos en las ciudades, o a pueblos más grandes cercanos en los que hay residencias. El problema es la autonomía, porque al no contar con servicios básicos, y aunque estén en buenas condiciones físicas (por lo que prefieren seguir viviendo en sus casas en el pueblo), quizás no tengan facilidad para conducir, y por tanto no pueden desplazarse a comprar o a los servicios. Los servicios sanitarios no es tanto problema porque la red de logística sanitaria española es de alto nivel y llega a todos los rincones, pero no ocurre lo mismo con las tiendas, o los bancos. 
¿Por qué ya nadie quiere vivir en los pueblos?
Hay que volver a hacer la misma distinción. Hay pueblos muy dinámicos, en los que hay oferta de empleo y simplemente la población autóctona o ha sido sustituida, o se ha incrementado con la población inmigrante (mucha de la cual se dedica precisamente a atender a mayores dependientes), que es en los que se concentra la mayor parte de la llamada "población rural", y que cuentan con todo tipo de servicios básicos (ayuntamiento, trabajador social, servicios médicos, farmacia, bares, bancos, comercios, colegios, dotaciones de ocio, Internet). 
Y luego están esos otros a que me refería antes, en los que efectivamente sólo quieren vivir algunos mayores mientras se encuentran en buenas condiciones físicas. En los últimos años muchos de estos pueblos han doblado su población sólo con la población inmigrante que se ha instalado para trabajar cuidando a los propios mayores. Y es lógico, porque las condiciones de vida son duras, especialmente para la población más joven, que requiere más servicios que los mayores, y sobre todo requiere gente con la que relacionarse. 
¿Cómo puede explicarse esto desde el punto de vista sociológico?
Sociológicamente se explica por los cambios tecnológicos que han conducido a la concentración productiva en las ciudades, a lo largo de los últimos dos siglos. La gente emigra a aquellos lugares en los que puede conseguir mejores condiciones de vida. No son razones culturales de no valoración de lo rural, como hay quién dice. Todo el mundo valora eso que llamamos rural, le encanta, lo disfruta, pero no quiere vivir allí, y es lógico. De hecho hay pueblos que seguramente ni siquiera debieran estar poblados. Se poblaron en los siglos XVII y XVIII en periodos de hambrunas, en los que se roturaron para el cultivo los últimos restos de bosque en muchas zonas de sierra, y que debieran haberse convertido de nuevo en bosques. 
¿Cuáles son las posibles soluciones?
Las soluciones son también diversas, y hay que adaptarlas a cada territorio. Hay zonas rurales que en sí mismas podrían hacer de la necesidad virtud y convertirse en espacios residenciales para los mayores, con una densidad suficiente que permita que dispongan de servicios de calidad. Son los poblados de jubilados que desde hace dos décadas proliferan en el Sur de los Estados Unidos, y aquí ya tenemos la base, los pueblos. 
En otros casos simplemente habrá que "cerrarlos", y esos territorios ser atendidos/cuidados/explotados desde núcleos de mayor tamaño (porque el territorio necesita estar habitado en cualquier caso, para que no se degrade en términos ecológicos). 
En otros basta un pequeño apoyo, a menudo tan simple como una buena conexión de Internet, para facilitar a nuevos pobladores la instalación. 
En otros casos se trata incluso de fomentar la neocolonización. Lo que los jóvenes okupas hippies hicieron en Fraguas, Castilla la Mancha, y por lo que han sido condenados, hay que reglamentarlo. Hace décadas se regalaron pueblos vacíos a los sindicatos para que se montasen sus clubs de vacaciones. No es posible que haya jóvenes que quieren irse a vivir al campo y no se les permita ocupar y recuperar un pueblo abandonado que es propiedad pública. 
Por tanto, no puede decirse, como a menudo se espera con esas operaciones mediáticas de la España vacía, o de que esto o lo otro "también existe", que exista UNA solución mágica para todos esos casos. Hay muchas posibles soluciones, y hay que tener en cuenta que muchos de esos pueblos no tienen solución, y terminarán desapareciendo, como tantos desaparecieron entre 1960 y 1980 en Burgos, La Rioja, Navarra, Aragón, etc.

 Y casi a la vez tengo una entrevista con los tertulianos del noticiario de la noche en la televisión regional extremeña. Aquí está recortada la intervención, lógicamente repito algunos de los argumentos ya utilizados en el cuestionario:



Reflejos en Tweeter

 

  • 2017/10/05

    Población, despoblación, ¿repoblación?

    Artemio Baigorri
    Población, despoblación, ¿repoblación? (indicadores y reflexiones)
    Conferencia
    Curso “Retos y oportunidades para la Extremadura del siglo XXI”
    Consejo Económico y Social de Extremadura/ Universidad de Extremadura
    Badajoz, 22/9/2017


    Buenos días.


    En primer lugar, agradecer la invitación a participar en este curso, y con un partenaire de tanto nivel como el profesor Gurría. Espero poder aportarles, más que datos (aunque con un tema como éste parezca que lo esencial son los datos, yo no estoy tan seguro), algunas reflexiones que puedan enriquecer su conocimiento de la región.

    He de empezar advirtiendo que no tengo muy claro el objeto de incluir la población en este curso.




    A ver si me explico. Por supuesto que hay una lógica, pues la población es uno de los tradicionales elementos estructurales de un territorio, el primer capítulo de toda Estructura Económica que se precie, y se considera un componente esencial del desarrollo.






    Por tanto, y como componente estructural tradicional, se le atribuía cierta autonomía como elemento determinante: uno analizaba la población, los recursos naturales, las comunicaciones, etc., de un país, un territorio, para hacerse una idea de su potencial. Un país muy poblado era poderoso, y militarmente daba mucho más miedo que uno poco 

    poblado.







    Data de 1898 la novela de ciencia ficción apocalíptica que popularizó el término del “peligro amarillo”, justo cuando Occidente descubría lo grande que era China y lo poblada que estaba.






    El sociólogo Kingsley Davis introdujo en los años 40 del siglo pasado el término “explosión demográfica”, referida a las peligrosas consecuencias de todo tipo que podrían derivarse de la extensión del proceso de transición demográfica a aquellos países menos desarrollados a los que empezaban a llegar los bienes de la salud pública y la satisfacción de las necesidades básicas.








    Hemos vivido más de medio siglo con auténtico pavor a lo que los biólogos Paul y Anne Ehrlich llamaron la Bomba Población, en tonos apocalípticos.


    Y sin embargo hoy da más miedo un país minúsculo como Israel, o pequeño como Corea del Norte, que por ejemplo la India, que en unas décadas será el país más poblado del mundo, superando a China.




    La población de Japón lleva estancada lo que llevamos de siglo (como la nuestra, como veremos), y sin embargo ha dejado de promover la natalidad, porque es inútil, y a pesar de sus elevadas tasas de envejecimiento cierra la puerta a la inmigración. No quieren extranjeros. ¿Qué hacen? Robots. Es más fácil y más barato producir robots que niños…





    Además es más fácil planificar una población futura de robots que una de niños. Es un lío, porque si hasta la Revolución Industrial, como decíamos, la población era factor de…, ahora es determinada por… Y determinada por demasiados factores, la mayor parte de los cuales son imprevisibles. Es decir, el stock de población de un territorio (que antes sólo se modificaba por guerras o catástrofes naturales como epidemias o sequías) pero hoy se ve afectado, a veces de forma repentina e imprevista, por numerosos factores. Las creencias religiosas y valores en general, las políticas, la economía, la mejora en los transportes, las modas incluso… Tantos, que no hay quién haga una proyección demográfica creíble.



    Aquí pueden ver un conjunto de proyecciones de la población española…, y su evolución real (línea naranja más gruesa), realizadas a finales del siglo pasado por equipos e instituciones muy prestigiosas. No dieron una. Simplemente porque nadie imaginaba que de pronto se nos presentarían en España cuatro millones de inmigrantes legales, y al menos otro flotante de ilegales. Las proyecciones oscilaban entre unos 38 en la más negativa, esto es incluso perdiendo población porque llevábamos veinte años de caída a plomo de la natalidad, y 44 la más optimista, esa que se pone casi por un por si acaso, pero nadie se cree. Pues aún después de casi una década de crisis y retorno de muchos inmigrantes, y emigración de muchos españoles, somos todavía casi 47. Nadie lo pensaba. Dentro de un mes podríamos ser 7 millones menos, si Catalunya se independiza, y un par de años más tarde incrementar en dos millones de, por sin ir más lejos, refugiados xarnegos temerosos de sus pensiones. Y no hablemos de lo que puede pasar con el cambio climático a unas pocas décadas vista… Prever la evolución de la población es como jugar a juegos de azar.

    Yo mismo con mi equipo hicimos una proyección en 1995 de la población de Badajoz, que entonces tenía 130.000 habitantes. Calculamos que a principios del siglo XXI tendría 150.000. Pero es que para 2014 según nuestras cuentas (metodológicamente según los estándares utilizados en las proyecciones) estimábamos que ya habría alcanzado los 200.000 habitantes. Y efectivamente en 2012 ya sobrepasaba los 150.000 habitantes, pero desde entonces ha venido perdiendo población. La crisis, la burbuja inmobiliaria que expulsó a muchos jóvenes a municipios del área mesopolitana, incluido el lado portugués… Hay muchas causas. Por ejemplo en aquella época Badajoz estaba recibiendo portugueses; dos décadas más tarde los pacenses se estaban yendo a vivir a Elvas al dispararse el precio de la vivienda…  Otras proyecciones pronosticaban hace tres décadas que los pequeños pueblos extremeños estaban condenados a desaparecer en pocos años.





    Como puede verse en el noticia (obviamente el de la fotografía soy yo, cuando aún no era un señor mayor, y no el profesor Mora), yo no era tan pesimista, pero sobre todo la evidencia es que, a trancas y barrancas, ahí siguen estos pueblecitos, vivos, resistiéndose a cerrar.





    Pero lo que a mí me interesa resaltar es que ya no me fío de ninguna proyección demográfica. Bastante es si podemos explicarlas a toro pasado.

    Por ejemplo, en el caso de Extremadura tenemos claro, a toro pasado, por qué somos tan pocos, y además con una densidad tan baja: sencillamente se fue la mitad de la población.





    Hace unos años, en una comparecencia en una Comisión creada en la Asamblea de Extremadura para el estudio de la Deuda Histórica, apunté los efectos de la sangría migratoria producida entre los años ’50 y ’80 del siglo pasado (lo que he llamado La Era del Olvido de Extremadura, y cómo dichas consecuencias constituían la gran losa de la región, y por tanto su restitución (imposible de hacer en la práctica, pero sí compensable) es la principal Deuda Histórica que España tiene con Extremadura. Porque es lo que fundamentalmente explica casi todo lo que ocurre en Extremadura. Es cierto que hay quien repite machaconamente, cada vez que se nombra la gran sangría migratoria, que algunos intentamos tapar con la referencia a la Gran Diáspora lo que se no habría hecho en cuatro décadas de democracia, tres de fondos europeos, etc. Pero hay que hacerlo, porque aquel proceso desangró la región precisamente de cohortes de edad esenciales, reduciendo la capacidad de resistencia de nuestras pequeñas ciudades y muchas zonas rurales. Y lo hizo además (como ocurre en todos los procesos migratorios, al contrario de lo que popularmente se cree) de la población más preparada de entre las capas populares.

    Fíjense en el gráfico, que muestra sobre todo por lado la sangría en sí misma: cómo un territorio que en medio siglo (con una gripe española, una guerra civil y una postguerra, sin regadíos…) había casi doblado su población, en poco más de veinte años pierde un tercio, que en realidad es mucho más porque incluye a los ya no extremeños que durante esos veinte años nacieron en Madrid, Catalunya o País Vasco. Pero fíjense también en otro dato, que nos habla de ese otro aspecto a que me refería.

    Observen cómo la tasa de analfabetismo (verde) viene cayendo a lo largo del siglo como en el resto del país, e incluso el diferencial (barra granate), a partir de mediados de siglo, se reduce. Todo eso lo parece. Fíjense en la línea roja, que mide ese diferencial en términos porcentuales. A finales del siglo XIX la tasa de analfabetismo en España era de un 65%. En Extremadura era mayor, sí, de casi un 71%. Pero en realidad hablamos de tasas muy cercanas: el diferencial es apenas un 9% superior a la media española. Sin embargo, un siglo después, en 1991, aunque las tasas en ambos casos son muy bajas (2,2% para España y 4,8% para Extremadura), la diferencia es brutal, de un 134%, casi el doble. Esa evolución expresa el empobrecimiento que la sangría migratoria supuso.

    Por tanto, con las mimbres que quedaban aquí a finales de los ‘70, poco más se podía hacer, y aún se puede hacer hoy, en nuestras extensas zonas rurales, que asegurar su mera supervivencia con unos recursos y servicios dignos. Y gracias a que, aunque no se hizo todo lo que podía haberse hecho en lo que a infraestructura de riego se refiere, ni por supuesto se había hecho la política colonizadora que la región precisaba, coincidió la maduración de los regadíos del Plan Badajoz con el momento en que se cerraron las puertas de la emigración a las regiones industriales.








    A ese impacto infraestructural se añadieron los dos hechos políticos que, junto a la propia democracia, más han impactado en España: la cuasifederalización como Estado de las Autonomías, lo que ha dotado de autogobierno y por tanto capacidad decisora en algunos aspectos a la región, y más aún el ingreso en la Unión Europea, que como saben muy bien ha supuesto un flujo de caja impresionante, ciertamente no siempre bien administrado pero que ha salvado de la quema a regiones moribundas como Extremadura.

    Como ven en el segundo de los gráficos, incluso a pesar de que en los años de la crisis hemos vuelto a asistir a procesos migratorios, aún mantenemos unos miles de habitantes más de los que había en Extremadura en el peor momento de su historia demográfica, que fue el Censo de 2001.

    En realidad, las cifras de la población extremeña son un poco engañosas, al contrario de las de otras regiones. Porque una cosa es la población “en Extremadura”, que es ciertamente con la que jugamos, y otra es la población extremeña, si entendemos por población extremeña aquella que ha nacido o reside en Extremadura.





    Es algo anecdótico, pero no tanto. Pues como veremos es justamente el retorno de una pequeña parte de esa población extremeña que vive desde hace décadas en otras regiones y países lo que ha supuesto y supone aún nuestro oxígeno demográfico. Todavía hoy algo más de un tercio de la población nacida en Extremadura (más de 550.000 habitantes) viven fuera de la región: 202.000 en Madrid, 120.000 en Catalunya, casi 60.000 entre el País Vasco y Navarra, 57.000 en Andalucía y más de 30.000 en el País Valenciano. De los nacidos en Extremadura viven más fuera de la región que en provincia de Cáceres, y casi tantos como en la de Badajoz. Es interesante comparar estas cifras con otra región (de la que procedemos los dos ponentes casualmente), que a menudo utilizamos para comparar con Extremadura por su posición geográfica, incluso su forma y tamaño, población (aunque después de la General Motors ya no tienen la misma población), etc… Otra región en la que la emigración parece otra constante, y es muy llorona con ese tema, aunque en realidad poco tiene que ver con la sangría demográfica, y a la postre económica, que se produjo en Extremadura. Si no hubiese habido emigración en España, Extremadura tendría una población sensiblemente superior a la de Aragón.





    Y aquí no suman los emigrantes al exterior, que se estimaron en unos 100.000 y en 2008 estimamos que había todavía unos 20.000.





    Si tuviésemos en cuenta los hijos de emigrantes nacidos en las regiones y países de destino, las cuentas y la situación de esta región serían muy otros. En la investigación sobre emigración y retorno que realizamos en 2008 mediante concurso público, calculamos la población que habría en Extremadura sin sangría migratoria. Si tenemos en cuenta que en 1970 aún había más, había en España 1,7 millones de personas nacidas en Extremadura, y consideramos los no nacidos en Extremadura, aproximadamente ésta sería ahora la pirámide de edad de la región, que tendría ahora cerca de 2,5 millones de habitantes, más que el País Vasco.





    No quiero hacer una ucronía, un qué hubiera pasado si…. Pero hay que saber de dónde venimos, pues ahora, por el contrario, tenemos un stock demográfico, en proceso de extinción.

    La emigración en Extremadura es también importante por otra razón más actual. Y es que, aunque la población sigue (o vuelve) a emigrar, los saldos migratorios no son tan dramáticos como lo fueron por un factor relacionado con aquella sangría: el retorno. Al contrario que en otras regiones, con una población más dispersa en núcleos pequeños, la emigración en Extremadura no provocó el cierre de ningún pueblo (salvo el de Granadilla, que de nuevo ha vuelto a abrirse en cierta forma), al contrario de lo que ocurrió en Burgos, Navarra, La Rioja o Huesca. Eso permitió que los propios emigrantes no rompiesen su cordón umbilical identitario, manteniendo sus casas cuidadas, reconstruyéndolas más adelante cuando eso no fue posible, visitando los pueblos tanto como pueden. En el marco de la investigación sobre emigración y retorno citada, hicimos una encuesta a nivel nacional a una muestra de emigrantes de origen extremeño, y nada menos que un 75 % decían tener casa en Extremadura, la mayor parte en propiedad, de forma individual o compartida con hermanos o parientes.





    Como pueden ver en el gráfico, sólo un 6% de los emigrantes decían no venir nunca a Extremadura, y otro 23% sólo en ocasiones. El resto viene de forma regular, se mantiene informado de la región, y además consume habitualmente productos extremeños.

    Pues bien, muchos de esos emigrantes, que han mantenido el contacto y el sentimiento identitario, y sobre todo que mantienen sus casas habitadas. Emigrantes que no encuentran lo que esperaban en el destino migratorio, que fracasan, o que por el contrario tienen éxito y al jubilarse vuelven con sus ahorros a vivir en sus pueblos de origen o (lo más habitual) a las pequeñas ciudades cercanas a esos pueblos.






    El retorno ha venido aportando un flujo constante no sólo de población (aunque en una parte importante ya mayor e incluso anciana), sino también y sobre todo (de ahí su auténtica importancia) de recursos económicos a la región, en forma de pensiones de jubilación o invalidez.


    Pero es un retorno cuyos efectivos han venido decayendo. Y es que las consecuencias de la crisis económica en Extremadura van más allá del impacto directo en variables como el desempleo, impactando directamente en el flujo de retorno, y tienen otras implicaciones a las que no siempre se les presta atención: así, muchos de los antiguos emigrantes extremeños que de no haber habido crisis habrían seguido retornando o se estarían planteando hacerlo, no han podido permitírselo al tener a parte de sus descendientes, en las ciudades de destino, en paro u otras situaciones de precariedad. Y han tenido que asistirlos con sus propias pensiones, ayudarles cuidando a los nietos, o incluso en muchos casos vender la vivienda que tenían en Extremadura para ayudarles a salir del bache.




    Además, ha aparecido un fenómeno nuevo, como es la re-emigración de parte de quienes retornaron tras su jubilación, cuya importancia descubrimos en nuestra investigación. Pusimos de manifiesto, al construir la pirámide de población de los saldos migratorios, cómo a partir de los 75 años, etapa vital en la que empiezan a aparecer procesos de dependencia física, el saldo migratorio es negativo. Muchos se han hecho demasiado mayores y dependientes como para mantenerse autónomos en sus pueblos de origen, y han re-emigrado a Bilbao, Madrid, Vitoria, Zaragoza, Barcelona, etc, cerca de sus hijos y de servicios de asistencia de más calidad.

    Junto los retornados que cierran el ciclo migratorio, en los años de la crisis se ha reavivado un fenómeno que ya se produjo y analizamos en otras regiones como La Rioja o Aragón, a finales de la década de los ’70 y principios de los ’80 del pasado siglo, en el curso de la anterior Gran Crisis económica: el retorno en unos casos, migración en otros, de los ahora llamados “neorurales”, una etiqueta hoy excesivamente laxa pues incluye auténticos neorurales que emigran al campo para intentar vivir como vivían y de lo que vivían los antiguos rurales, retornados y sobre todo conmuters urbanitas que viven a caballo entre el campo y la ciudad. Es un fenómeno interesante, que desde hace décadas propongo potenciar, pero que hoy por hoy es muy minoritario, ni siquiera está adecuadamente evaluado en su impacto real.

    Otro hecho novedoso que me parece importante destacar, algo que también observamos en el marco de nuestra investigación, y que seguimos analizando durante un tiempo y que me parece más sustancial, pues hace referencia a la propia naturaleza y dinámica de los procesos migratorios.




    Y es que los procesos migratorios en Extremadura son ya plenamente convergentes con las dinámicas nacionales. Si hasta hace dos décadas, de Extremadura se producía emigración cuando había crecimiento en las zonas más desarrolladas, y retorno cuando la crisis afectaba a esos espacios, en la actualidad acabamos de ver cómo a pesar de la crisis se reducía el retorno, y además apenas se incrementa el número de emigrantes (que los sigue habiendo). Podría argumentarse que la emigración se retrae, como a finales de los ’70, porque la crisis hace que no haya a dónde emigrar. Pero la realidad es hoy más compleja.

    Otra diferencia respecto a la situación pretérita es que la mayor parte de las salidas no han sido ahora extremeños de origen, sino población “móvil” que ha pasado un periodo de tiempo en la región; no sólo inmigrantes extranjeros (que son quienes constituyen el principal componente del mix de emigrantes desde el conjunto de España), sino también nacionales que vinieron a Extremadura por razón de destino, y por la misma razón salen ahora.

    Tras estos datos está la evidencia de que las dinámicas migratorias de la población extremeña han cambiado. Según la hipótesis que desarrollamos más ampliamente en un artículo que publicamos en la Revista de Estudios Extremeños (Baigorri, Chaves, Fernández, 2012), se estarían produciendo en la actualidad, dos dinámicas claramente diferenciadas: de una parte la salida de muy pocos emigrantes en el sentido clásico, pero salida al fin, por cuanto Extremadura sigue estando en una posición débil en cuanto a capacidad de generación de empleo, sobre todo cualificado; pero también la inserción de la región en un nuevo modelo global de movilidad.

    La causa fundamental de estos cambios se debe a la inserción de las sociedades avanzadas en la Sociedad Telemática, caracterizada en lo que a las migraciones se refiere por una serie de elementos que hacen la salida, normalmente provisional, mucho más fácil que antaño:
    a)      Las facilidades que existen hoy en día para la movilidad geográfica
    b)      El intenso contacto telemático que es posible mantener con la familia, amigos y seres queridos en general

    La evidencia la vemos más claramente observando los datos agregados a nivel nacional. Según la EPA (la mejor fuente para percibir estos cambios), la proporción de la población que sigue viviendo en su municipio de nacimiento desciende de manera continua en los últimos doce años.

    En suma, podemos decir que la estructura migratoria de la región ha cambiado sustancialmente. Si en las dos últimas décadas del siglo XX la región consiguió una cierta estabilidad, aun así nunca ha llegado a invertirse (como para el caso español se produjo) la tendencia migratoria de mediados del siglo, por una de inmigración. Sin embargo, con el siglo XXI la región entra en una dinámica nueva, que la acerca (como corresponde a la modernización general de la sociedad extremeña que se ha producido en las décadas anteriores) a las tendencias globales en los que a movilidad se refiere.

    No voy a detenerme, pues aunque no hemos podido hablar supongo que se extenderá en ello el profesor Gurría, en aspectos descriptivos de las tendencias demográficas que, en la mayoría de sus variables, vienen acercándose a las tendencias nacionales:

    Empezando por el tamaño de la familia, que podemos seguir a través de la variable tamaño del hogar[2], la formación de hogares, la edad media del matrimonio, edad del primer hijo, etc. (aunque en indicadores clave como la esperanza de vida no hay convergencia).




    Es especialmente interesante ver cómo ha cambiado la distribución etaria de las madres extremeñas entre 1982 y 2011. La moda (la edad más repetida) estaba en 1982 en 23 años, y en 2011 en los 32.




    Casi una década se ha retrasado en junto el tramo de edad de maternidad. Pero además del corrimiento hacia edades más avanzadas (la moda estadística pasa de 23 a 32 años), observamos cómo en la mayoría de los tramos de edad, salvo entre los de las jóvenes adultas (entre 30 y 40 años) se reduce el número de partos. Y es que, en lógica lo que venimos analizando tiene su corolario en la caída de la natalidad, que finalmente, cerrando el círculo, impacta directamente en el primer punto que tocábamos, el tamaño de las familias. Pero, siendo impresionante, no dejan de ser también tendencias nacionales.

    Para no extenderme, querría terminar con algunos comentarios sobre una de las cuestiones a las que se da más importancia, y que a mi juicio (como ponía en evidencia al principio de mi exposición) no tienen tanta. Me refiero a los aspectos vegetativos, y a lo que normalmente se plantea como corolario, el envejecimiento. Suele insistirse, por ejemplo, en lo grave del saldo vegetativo es decir, es decir al hecho de haber más defunciones que nacimientos en tantas zonas de la región. Se vincula automáticamente con el envejecimiento, que es otra variable bien distinta.

    El problema demográfico no está en el número de defunciones, sino en la falta de nacimientos. En realidad, a pesar de lo que algunos repiten una y otra vez, Extremadura no es de las regiones más envejecidas de España, especialmente en el caso de la provincia de Badajoz, como vemos en los mapas.





    De hecho un reciente estudio del Centre de Estudis Demografics de la Universidad Autónoma de Barcelona sobre eso tan manido últimamente de la España vacía, hace una clasificación de los municipios españoles en tres categorías:



    Por un lado espacios rurales de resiliencia demográfica, que serían aquellos bien preparados para sobrevivir; en segundo lugar espacios rurales de emigración, cuyos indicadores sugieren que van a seguir vaciándose; y finalmente los espacios rurales en riesgo de despoblación irreversible. Pues como pueden ver, abundan mucho más en Extremadura los municipios resilientes que los otros, frente a lo que ocurre en otras regiones.

    Estamos muy lejos de imaginar los avances que la Sociedad Telemática va a desarrollar en las próximas dos décadas. Las posibilidades de medicina telemática, de generación dispersa de energía, de logística dispersa mediante drones cada vez más eficientes energéticamente, la inteligencia artificial para gestionar las interacciones rural-urbanas, y por supuesto la educación telemática. Creo que, en realidad como decía hace casi un cuarto de siglo, en el reportaje del periódico que citaba al principio, los pueblos extremeños, todos, se4 han salvado por la campana, pero se han salvado ya para siempre. Por eso es tan importante que se invierta en conexiones. Tanto en las ferroviarias, imprescindibles para sobrevivir, unidas a las autovías como arterias principales, como las telemáticas. Hay casos sangrantes de desatención en los equipamientos, como el que sufrimos en el pueblo en el que vivo la mitad del año, a sólo 20 kms de la capital pero perdido telemáticamente en la distancia. Por 20.000 euros.

    Y termino haciendo una reflexión sobre otro aspecto que, como el stock de población residente en la región, apenas ha cambiado en tres décadas: la densidad de población.



    Extremadura tiene poco más del 2% de la población española, y más del 8% del territorio, lo que plantea problemas de gestión de servicios, pero no tiene una repercusión en el crecimiento demográfico. Esa baja densidad de población es justamente una de las consecuencias de la despoblación y la baja natalidad, y no causa de la misma. Pero está en la base de lo que quiero que sea mi reflexión positiva.

    Podemos debatir sobre políticas natalistas (de las que yo hace décadas era partidario, ahora ya no estoy tan seguro), políticas de desarrollo económico para sujetar e incluso atraer población, pues el auténtico crecimiento demográfico sólo puede ser exógeno.

    Pero hay un aspecto que permanece como un hándicap brutal, y es también un efecto de la sangría migratoria, una deuda histórica que no podrán pagar (salvo que se independice Catalunya, y unos cientos de miles de extremeños decidan venirse, lo cual no es nada inverosímil tal y como están las cosas), y es que la región no tiene una ciudad media importante. Algo que sólo le ocurre también a Castilla la Mancha. Dicho en breve: si Badajoz alcanzase siquiera los 300.000 habitantes, Extremadura contaría con la musculatura necesaria para enfrentar su de nuevo progresiva desertificación. Parece una paradoja, pero no lo es.





    Partiendo de una situación similar hace treinta años (una población parecida, una densidad parecida), Aragón ha visto incrementarse su población en los últimos años, mientras que en Extremadura se ha mantenido estable, e incluso desciende de nuevo. ¿Cuál es la diferencia?: que Aragón ya concentraba entonces en su capital, ubicada en la ciudad más grande de la región y no en la más pequeña, 500.000 habitantes. Claro que Zaragoza vació Aragón (con la ayuda de Barcelona o Bilbao), pero su propia densidad demográfica, económica, como ciudad, ha supuesto un incremento global de la población de la región, y de la calidad de vida de todos sus habitantes. A cambio, en Extremadura tenemos una red de pueblos de pequeñas ciudades y pueblos grandes que hace que el territorio se mantenga poblado, pero a costa de no tener una ciudad capaz de desarrollar economías de escala suficientes para provocar un chispazo de crecimiento. La conversión de Mérida en capital regional, el bloqueo de determinadas inversiones esenciales en Badajoz, no cabe duda de que ha permitido una estructura más difusa de la población y los recursos, y de los servicios, pero al precio de no contar con un centro neurálgico que toda región, toda nación, debe tener, no importa que sea céntrico o excéntrico. Paradójicamente, hoy en Aragón se dispone de más capacidad para mantener los servicios en municipios mucho menos poblados que en Extremadura. Lo mismo ocurrió con Barcelona, respecto del resto de Catalunya (en donde, no olvidemos, hay cientos de municipios mucho menos poblados que los más pequeños de los extremeños) a lo largo del siglo XX.

    Hace ya muchos años que señalé, y muchos técnicos y políticos han seguido después el hilo de aquella reflexión, la importancia crucial que Badajoz podría tener en el centro del triángulo formado en Madrid, Sevilla y Lisboa, equidistante y equivalente a la posición de Zaragoza entre Madrid, Bilbao y Barcelona. Fíjense el vacío urbano que tenemos ahora mismo.

    Creo que apostar por la concentración demográfica es, paradójicamente, apostar por la densidad global, lo que potencia el crecimiento. Pero cuando hablo de concentración yo no estoy hablando de desaparición de municipios, como absurda y alegremente se plantea en algunos foros. Extremadura es probablemente la región con menos densidad municipal de España; no he tenido tiempo de hacer el cálculo, pero probablemente sólo Murcia tenga menos. Yo hablo de concentración de población.

    Decía antes que en 1995 nos equivocamos en las proyecciones demográficas de Badajoz. Pero yo no podía imaginar que dos décadas más tarde Badajoz seguiría sin estar totalmente circunvalada por autovía; que seguiríamos no ya sin AVE (que ni lo imaginábamos) sino sin vulgares trenes de esos que van a 200 por hora; o que se seguiría practicando en la región la discriminación positiva contra Badajoz; que la recuperación del casco antiguo iba a seguir dilatándose durante tanto tiempo; que no se llegaría a conseguir, para los espacios transfronterizos la anulación del roaming (se ha conseguido ya pero para toda Europa; hemos perdido veinte años en los espacios transfronterizos). Por citar sólo algunos de los elementos que han dificultado la atracción de población.

    Yo creo que en términos territoriales Extremadura ha conseguido cuadrar el círculo, pero no lo ha completado. Ha mantenido población en el territorio, en las zonas rurales, con un nivel de servicios de calidad… Pero ha desatendido el otro extremo del asunto: la urbe motor de desarrollo, punto de concentración de la densidad moral (en el sentido inmaterial en que lo decía el sociólogo clásico Georges Simmel). Yo no me canso de decirlo desde hace un cuarto de siglo: mientras una ciudad (y si alguna tiene esa virtualidad hoy por hoy, es Badajoz) no alcance los 300.000 habitantes, Extremadura no despegará del todo. Muchas gracias.





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