Con eso de no ser sectario y tener la mente abierta todo lo humano, pues he de sufrir a menudo que los algoritmos me pongan de menú no solicitado panfletos bien escritos, pero panfletos, como este de uno de esos activistas del capitalismo salvaje:
Y la verdad, me tienen harto. Porque he estado más de 30 años recordando a mis alumnos de Economía, Empresa y Relaciones Laborales (de los cuales la mayoría, en todas las sucesivas promociones no había oído hablar de La riqueza de las naciones) intentando que comprendan el conjunto de aportaciones al pensamiento y la ciencia social de pensadores como Adam Smith. Pero por lo que sea, la mayoría de los economistas sólo se acuerdan de sus descubrimientos sobre el funcionamiento y eficiencia de la economía capitalista, no de sus descubrimientos sobre lo que mantiene integradas a las sociedades. Así que me he entretenido un poco en ilustrar a los incautos que reciben y procesan acríticamente esos panfletos. Y como a mí tanto me ha gustado utilizar "transparencias", luego "presentaciones" para acompañar mis clases, pues he preparado con la IA incluso unas ilustraciones que lo resuman.
Qué pesaditos son los egocéntricos. Se retroalimentan con alimentos intelectuales a los que siempre les han quitado proteína u oligoelementos.
Aunque Adam Smith es mundialmente conocido como padre del libre mercado, su obra dista mucho del capitalismo salvaje que proclaman los libertarianos (que de anarquistas no tienen nada, necesitan mucha mucha policía para defender sus asuntos).
En "La riqueza de las naciones" defendió explícitamente que el Estado debe intervenir para regular ciertos sectores, garantizar la educación pública y proveer infraestructura que el mercado por sí solo jamás construiría de manera equitativa.
Para Smith, una economía libre no tenía sentido si generaba miseria generalizada. Sostenía que la riqueza de una nación se mide por el bienestar de su clase trabajadora:
"Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables".
Smith no solo defendía el pago de impuestos para sostener al Estado, sino que consideraba justo que los ciudadanos más ricos aportaran un porcentaje mayor de sus ingresos para aliviar la carga pública de los menos favorecidos:
"Es razonable que los ricos contribuyan al gasto público, no solo en proporción a sus ingresos, sino algo más que en esa proporción"
Uno de sus pasajes regulatorios más sorprendentes es cuando compara la libertad financiera con las normas de seguridad contra incendios. Smith afirma que, de la misma manera que el gobierno debe obligar a construir muros cortafuegos para que un edificio negligente no queme el resto de la ciudad, también debe prohibir las prácticas bancarias peligrosas:
"Tales regulaciones pueden, sin duda, considerarse en ciertos aspectos como una violación de la libertad natural. Pero esas violaciones de la libertad natural de unos pocos individuos, que puedan poner en peligro la seguridad de toda la sociedad, son y deben ser restringidas por las leyes de todos los gobiernos, tanto de los más libres como de los más despóticos".
También advirtió, mucho antes que los socialistas utópicos y por supuesto que Marx y Engels, y en unos términos que tienen plena validez de nuevo en la Sociedad Telemática, que la extrema división del trabajo en las fábricas alienaba a los obreros, volviéndolos incapaces de mantener una conversación o de ejercer su juicio crítico. Para corregir este "defecto del mercado", argumentó que el Estado debe financiar y obligar a la educación de las clases populares:
"Para la instrucción del común de la gente, el Estado puede exigir, alentar o facilitar la adquisición de las partes más esenciales de la educación, estableciendo en cada parroquia o distrito una pequeña escuela donde los niños puedan ser enseñados por tarifas tan moderadas que incluso un trabajador común pueda pagarlas".
En el Libro V de su obra maestra, Smith detalla los tres deberes fundamentales del soberano o del gobierno:
1. La defensa nacional frente a invasiones externas.
2. La administración de justicia para proteger a los ciudadanos de la opresión y la injusticia de otros miembros de la sociedad.
3. Las obras e instituciones públicas, definiéndolas así:
"El tercer y último deber del soberano es el de establecer y mantener aquellas instituciones y obras públicas que, aunque sumamente útiles para una gran sociedad, son de tal naturaleza que el beneficio nunca podría reembolsar el gasto a un individuo o a un pequeño número de ellos; y que, por tanto, no se puede esperar que estos construyan o mantengan".
Por supuesto, Smith desconfiaba profundamente no sólo de los monopolios y oligopolios, los únicos que suelen preocupar a los libertarianos, sino también y sobre todo de las grandes corporaciones y los grandes empresarios, para quienes pedía una vigilancia constante para proteger a los consumidores:
"La gente del mismo gremio rara vez se reúne, incluso para el entretenimiento y la diversión, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público, o en alguna artimaña para elevar los precios".
Pero sobre todo, y al contrario de lo que espiches como el de ahí abajo sugieren a sus acólitos, también dejó escrito que:
"Cuando la ayuda necesaria se brinda recíprocamente desde el amor, la gratitud, la amistad y el respeto, la sociedad florece y es feliz. Todos sus miembros están unidos por los agradables lazos del amor y el afecto, y se ven atraídos, por así decirlo, hacia un centro común de beneficio mutuo"
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