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2012/08/10

... y lumpendemagogia


MITOS A GORRAZOS
(versión larga del artículo que, como siempre para esta tarde, me pidieron los de El Periódico, antes de conseguir los 2.900 caracteres, blancos incluidos, uff... qué tiempos aquéllos en los que podías ocupar una página entera con un artículo de opinión)


Decía Baudrillard (hasta los postmodernos serán un día clásicos) que el marco de la vida social, en las sociedades avanzadas, ya no es la producción, sino el consumo, que se instituye en el factor identitario y de agrupación social por excelencia. Incluso los votantes se reclaman cada vez en mayor medida simples consumidores, estafados por una falsa publicidad. Hace unos años, en el libro Botellón. Un conflicto postmoderno, aportábamos una prueba de cómo el consumo se constituye incluso en el espacio del conflicto social. Y el atraco a carrito armado a que acabamos de asistir es una confirmación más de que la teoría es acertada. Hace unas semanas las huestes de Gordillo retomaron el ritual de las ocupaciones de fincas, que un día les llevó, entre las selvas del empleo comunitario y las multas de la Guardia Civil, hasta el fértil lugar en que fundar su Macondo, pero nadie les hizo ni puñetero caso (“¿Pero no les regaló ya su finquita Leocadio Marín en el 92, para que no le jorobaran la Expo?” –dicen que decían algunos andaluces). Sin embargo, la ocupación de uno de los más deseados templos del consumo españoles no podía pasar desapercibida. España toda, y muy probablemente Europa, se pone en guardia: si ocupar una finca del ejército, que anda sin presupuesto y sin ganas de defender nada, es hoy un esperpento, ocupar la caja de un supermercado es, hoy, un auténtico sacrilegio.
Ni es el momento, ni hay espacio, para analizar a fondo qué hay detrás de ese producto, mediático como el subcomandante Marcos, como todos los seudorevolucionarios de la urbe global de menos de 70 años, que rige desde hace treinta los destinos de ese Macondo falsamente comunista, que sobrevive gracias a las transferencias de otras administraciones. Pero bajo el disfraz de palestino y el habla de jornalero se esconde un profesor (de una edad en la que la Universidad pertenecía a las clases altas y las familias de afectos al Régimen)  obsesionado por llamar la atención, como casi todos quienes proceden del PTE (¿qué factor los agregaría en su día?). Pero no habiendo espacio para tal análisis, no debe sin embargo obviarse.
Como no es el momento, ni hay espacio, para analizar a fondo qué hay detrás de esa construcción mediática no menos habilidosa, Mercadona, que ha conseguido hacer creer a crecientes capas de la sociedad española, identificadas con ese símbolo del éxito a bajo coste, que consumiendo los mismos productos bajo la marca Hacendado consumen más calidad, y pueden sentirse un pelín por encima de los demás.
Pero hay algo que los conecta, y es que son productos generacionales. Pudiéramos decir que hemos asistido a una pelea entre baby boomers, esa generación nacida entre mediados de los ’40 y mediados de los ’50 que creció marcada por el espíritu (más bien obsesión) de logro, por el ansia de poder, de triunfo, la experimentación, el individualismo, el liderazgo… Una pelea más en el recreo de la escuela de los años ’50, entre el líder de los chavales del barrio subsidiados por la leche americana y el chavalín aplicado que llega cada día con su buen bocadillo de mortadela (aquel lujo asiático).
Joan Roig, presidente de Mercadona, nacido en 1949, afirma que el éxito de su negocio se basa en aplicar la “ley natural” de la “Verdad Universal de la Reciprocidad”, que resume en tres verbos: “dar” (satisfacer a las personas) “pedir” (aquello que se necesita) y “exigir” (cuando no se cumplen los compromisos).
Juan Manuel Sánchez Gordillo, nacido en 1952, aplica otra ley natural, otra verdad universal, la del marxismo leninismo, que podría resumirse en los mismos tres verbos: dar (satisfacer las demandas de sus ciuidadanos), pedir (al consejero de turno) y exigir (amenazarle, si no se lo concede, con montarle una ocupación de la consejería o una huelga de hambre)
En realidad el líder de la pelea de recreo ni siquiera formaba parte de los chicos hambrientos. Sólo estaba resentido porque no había podido ligar con la hermana del finolis. Y ni siquiera fue él quien le tiró la piedra, sólo azuzó a otros para que lo hicieran. Como él mismo declaró horas más tarde, “no me pueden hacer nada, pues yo no pisé el supermercado (…) me dediqué a maniobras de distracción”. Mientras los otros daban la cara. 

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