Nunca me han gustado los toros. Pero las vacas..., Ay, las vacas... Los encierros, la suelta por las calles... En la plaza me aburrían (aunque no tanto como los toros), pero en la calle. Especialmente cuando se metían en la calleja de mi casa. Como fue la última calle en pavimentarse (de nada sirvió que mi padre fuese concejal), las vaquillas se metían y como mi madre les echaba agua fresca, de allí no salían, a veces se metían en la casa, y hasta amagaban por la escalera, pues a mi madre le encantaba dejar la puerta abierta.
También traté abundante con las de leche, no sólo para hacerme fotos con los terneros, sino también para sacar el fiemo de la cuadra, echarles paja de cama y de comer alfalces...
Y bueno, seguro que esos recortes y burlas a las vaquillas debieron ser escuela de algo. Viendo ahora en esa foto recortando a un toro bravo, en una visita de parientes en Málaga, me sugiere que al Poder (a todo Poder) siempre hay que hacerle recortes (en todos los sentidos).
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