20170929

La contaminación acústica en zonas de elevada densidad de población

Artemio Baigorri
La contaminación acústica en zonas de elevada densidad de población
Conferencia
I Jornadas sobre la Contaminación Acústica. Ruidos y convivencia
L’Hospitalet de Llobregat, Abril 2017



Agradecer la invitación. Este año se cumple justamente, y nada menos, que un cuarto de siglo (como de la Expo y las Olimpiadas, qué cosas), desde que construí mi primera reflexión, más que investigación propiamente dicha, sobre el ruido.

Y fue también justamente en unas jornadas municipales, concretamente en una asamblea de la FEMP sobre Actividades Molestas, así que su invitación tiene para mí una especial significación.

Más adelante intenté, presentando algunos trabajos en los Congresos Nacionales de Sociología, que desde la Sociología Ambiental y su entorno se abriese paso un campo de investigación sobre el ruido, sin mucho éxito en España, aunque en Latinoamérica sí lo han trabajado bastante.

Tuve ocasión luego de investigar en torno a uno de los fenómenos que más conflictos vinculados al ruido ha generado, y sigue generando en España: el ocio nocturno, y más en concreto el botellón.

Desde aquellas jornadas de 1992 sin duda hemos avanzado mucho. Entonces ni siquiera se trataba el tema monográficamente, sino como parte de aquel paquete que desde 1961 se llamaban actividades molestas, insalubres, nocivas y peligrosas.

Yo intenté entonces hacer ver que buena parte de las dificultades que presentaba la gestión del ruido (y no sólo en las grandes ciudades) se derivaban del hecho de que hasta entonces sólo se había abordado desde cuatro perspectivas (psico-bio-médica, técnica, jurídica y represiva-policial), pero estaba por abordar desde la perspectiva sociológica: entendía que unas cuantas de sus ramas (la antropología social, la psicología social, la ecología humana, teoría del conflicto, sociología urbana, etc.) tenían mucho que aportar. Y, dado que hasta entonces yo al menos no conocía un abordaje sistémico, intenté desbrozar las distintas temáticas en un ensayo que desde que Internet se abrió al público ha circulado libremente.

Intentaré responder ordenadamente a las cuestiones que me plantean

1.¿Cómo ha evolucionado el tema en este cuarto de siglo?



En la primera perspectiva hemos avanzado muchísimo. Ya se venía trabajando desde mediados del siglo XX (la preocupación por el ruido es incluso más antigua, viene de finales del XIX), pero las nuevas tecnologías han permitido avanzar mucho más. Creo que hoy lo sabemos prácticamente todo sobre el ruido, sobre cómo afecta a nuestros órganos, a nuestra salud incluso como inmunodepresor, a las relaciones interpersonales en espacios como los centros de trabajo, la escuela, hospitales, etc. ¿Realmente queda algo por averiguar? Lo dudo, aunque la Ciencia nunca se detiene si tiene fondos para ello.


En la segunda perspectiva los avances también han sido enormes. El fuerte desarrollo de la Física ha permitido a los ingenieros diseñar máquinas más eficientes, pantallas sónicas, a los arquitectos les han suministrado nuevos materiales con los que construir viviendas con una gran capacidad de aislamiento. Muchos de los que yo denomino ruidos metabólicos de la ciudad se han reducido, incluso minimizado. Han desaparecido lo que yo llamaba entonces ruidos disfuncionales (como la recogida bruta de basura por compactación, sustituida por recogida selectiva más eficiente y menos ruidosa, las alarmas de los coches, los avisos sonoros de las paradas de taxi…). Incluso en el transporte, a pesar de todo lo que nos lamentemos, se ha avanzado mucho en las líneas que entonces planteábamos. En unos casos reinventando el tranvía (no siempre con inteligencia y auténticos criterios de sostenibilidad de las tres patas ecológica, económica y social), en otros (menos, porque hay menos negocio en ello), en otros recuperando los más inteligentes trolebuses, promoviendo el coche eléctrico, etc. Dentro de la perspectiva técnica debemos incluir la música y todo lo relaciondo con ella en el ámbito de las Artes. La investigación, reflexión y experimentación en torno al ruido ha sido sustanciosa en las últimas décadas. Desde los aburridos experimentos de Pierre Schaeffer y la música concreta en los años 50, lo hemos oído todo.


La tercera perspectiva, jurídica, normativa, ha conocido un desarrollo impresionante. Vivimos en sociedades cada vez más normativizadas, pero en este ámbito, en cascada desde las directrices europeas a los mapas de ruido y ordenanzas municipales, pasando por Leyes del Ruido nacionales, las normas se han multiplicado. Plataformas de abogados especialistas han proliferado como las setas por todas las ciudades, en algunos casos son auténticos cazadores de denuncias, como los abogados de hospital en los Estados Unidos.




La cuarta perspectiva es la policial, represiva, buscando la forma más eficiente y efectiva de aplicar la normativa sobre los elementos productores de ruido, para evitar los impactos sobre la salud humana. Y también hemos avanzado, pero ya no tanto. A juicio de muchos ciudadanos, nada.

Ciertamente ha habido ya unas denuncias que han desembocado en penas de cárcel por ruidos, y algunos vecinos molestos llegan a ser multados por provocar ruido. Pero el hecho cierto es que estamos aquí reunidos justamente porque nuestras ciudades (y pueblos) siguen siendo muy ruidosos, en términos de ruido protocolario, y no se ha avanzado nada en la que debería ser la Quinta Perspectiva. Mientras la Acústica va por su 42 Congreso en España, nunca se ha celebrado uno que reúna a los científicos y científicas sociales que trabajan este tema.



2.Cuál es el papel que juegan los factores culturales/diversidad cultural en lo que respecta a la producción de ruidos o la reacción delante de estos?



Que hay factores culturales detrás del ruido es más que evidente con que nos fijemos en un hecho: desde que existen registros de indicadores, hace apenas dos décadas, dos países encabezan el ranking del ruido: Japón y España. Como las tasas de suicidio, la tasa de ruido permanece constante, en términos relativos.



Tiene que ser cultural, porque en armonía con ese ranking de países, el ranking de ciudades más y menos ruidosas del mundo vemos cómo entre las primeras los primeros puestos se los reparten ciudades de países asiáticos y latinos. Mientras que las segundas se concentran en lo que podemos llamar (pues no es exactamente el Norte) la Europa protestante.

Nuestra reflexión más temprana sobre el ruido manejaba básicamente una dualidad: el debate entre modernidad y tradición. Una modernidad adoradora del ruido como expresión del progreso, la fuerza, el vigor de las máquinas, frente a una tradición anclada en el silencio, en la circunspección. El monje trapense frente al coqueto aerodinámico rocanrol caramelo de ron que retrató Tom Wolfe fascinado por el ruido.

No obstante, yo entreveía ya que los problemas serios habrían de venir en el futuro, como así ha sido, por lo que llamo el ruido protocolario, esto es el generado por la mera interacción social, especialmente por los procesos sociales que tienen funciones muy concretas en la creación y permanencia de las redes y grupos sociales.

Naturalmente, en el 92 no habíamos recibido los 5,5 millones de inmigrantes de todos los rincones del mundo, que complejizan la Ecología Humana de nuestras ciudades. Por lo que ahora ese tipo de problemas nos parece que se están multiplicando. Y en cierto modo así es. Pero en realidad llevamos conviviendo con ellos muchos años.



Quiero detenerme en visualizar apenas 2 minutos, exactos, de una película que a algunos de los más mayores puede que les suene, o tal vez no la película pero sí la escena. En España nos hemos olvidado de que, dentro y fuera de nuestro país, nuestros movimientos migratorios han generado ese tipo de problemas.

[no hay acceso on line al fragmento citado, pero parte se recoge en el tráiler de la película, escena de fiesta en el bar, que puede accederse aquí:]

Naturalmente, ahora es mucho más complejo. Los choques culturales son crecientes, porque el número de culturas que conviven se ha multiplicado. Porque todos los sonidos protocolarios tienen carga cultural, a veces incluso subcultural (como ocurre con los jóvenes, o con ciertos localismos), los relacionamos con todo un conjunto de elementos que vinculamos a nuestros referentes identitarios[1].




3.   ¿Por qué es interesante disponer de una perspectiva sociológica cuando hablamos de ruido?



Ante responsables municipales yo creo que el principal argumento es la evidencia de que al final lo que el ruido genera fundamentalmente son, más que daños concretos físicos o psíquicos (que también los hay), conflictos. Y ningún gobernante, ningún regidor, quiere conflictos.

Ahora mismo, en todo el país, no creo que haya menos de un millar de plataformas ciudadanas luchando contra expresiones de ruido diversas, que normalmente son protagonizadas por otros ciudadanos, no por el aparato productivo. A unos no les gustan las campanas de los católicos, a otros no les gustan las sardanas bajo su ventana toda la tarde del domingo (no sé si seguirá siendo así), a otros les molestan las sevillanas, los moteros, los botelloneros, los alternativos montándola, los aragoneses del piso de al lado hablando como si riñesen… Estamos mil tribus  cada cual con su juerga y su jerga, y las ciudades no han previsto eso. Las ciudades se formaron por grupos étnicos muy definidos, y luego la burguesía las construyó y ensanchó homogéneas, para un modelo único de urbanidad[2].   

Otro aspecto importante por el que la Sociología puede aportar a este tema es la desigualdad, y cómo ésta incide, también, en el impacto que el ruido tiene en la salud de las personas. Yo, como verán, no soy muy partidario de los mapas del ruido, creo que han sido un despilfarro enorme, pero si han tenido alguna virtud es la de evidenciar que también en esto del ruido hay clases. Se me dirá que quizás los puntos que más sufren el ruido son el equivalente a las Gran Vía de cualquier ciudad, donde suelen vivir las clases altas. Pero eso no es cierto.

En primer lugar, porque las clases altas tienen medios para utilizar todos los avances técnicos a que he hecho referencia para librarse del ruido.

En segundo lugar, porque la residencia de las clases altas hace mucho tiempo que salió del centro de las ciudades, de las Gran Vía (hoy dedicadas a oficinas) para alojarse en urbanizaciones de lujo, bien aisladas de los generadores de ruido. Hoy las grandes y principales víctimas del ruido son los ancianos empobrecidos que no pueden huir de los cascos antiguos, en los que se juntan sus nuevas funciones (marcha, protesta, etc) con su ocupación ecológica por gentes de otras culturas (inmigrantes) o de subculturas que viven el ruido de otra forma (jóvenes, artistas, etc).


Y en tercer lugar, porque la capacidad de respuesta es también desigual. Cuando empezamos a estudiar el fenómeno del botellón, en Badajoz, había fundamentalmente tres focos, claramente diferenciados por clases sociales. Curiosamente, la secuencia de desaparición de los tres focos (bueno, canalización hacia otros megafocos) se correspondió estrictamente con la estratificación social: el primero fue el de la placita en la zona pija del centro, después el de las clases medias del ensanche moderno, y el que más tiempo resistió es el que estaba ubicado junto a unos bloques de viviendas sociales en el borde del casco antiguo. Obviamente la capacidad de acceso a los medios, los responsables políticos, los altos funcionarios, no es igualitaria.

Por lo demás, hace muchos años que los sociólogos ambientales que trabajan en temas de justicia ambiental vienen mostrando cómo son las clases bajas quienes tienen que soportar normalmente infraestructuras altamente productores de ruido como aeropuertos, circunvalaciones, nudos intermodales, etc. La OMS ha analizado cómo la afección de los distintos niveles de ruido conforma una pirámide. Por supuesto que una gran mayoría sufrimos problemas digamos de confort por causa del ruido, molestias. Pero muy pocos llegan a enfermar por ello, y aún menos a morir. Y hay una fuerte correlación social en esa pirámide.


Podríamos extendernos más, sobre todo a nivel teórico, pero no creo que haga al caso en un día que quiere ser tan práctico como es el Día del Ruido. Pero sí que quiero hacer referencia a otro proceso social que pone de manifiesto que cuando los problemas sólo se abordan en sus vertientes técnicas, pero no en las sociales, se suele terminar metiendo la pata, generando un problema al intentar arreglar otro. Es lo que el sociólogo americano Robert K Merton llamaba los efectos indeseados de la Acción Social.

Es evidente que las Leyes Antitabaco han supuesto en España y en el mundo un paso notable en la lucha contra esta droga (aunque como vemos al estudiar los hábitos de los jóvenes, esté aumentando el consumo entre chicas jóvenes), y prohibir fumar en los bares podríamos decir que fue algo bueno, hoy lo reconocen, sobre todo, los hosteleros que hace años hacían manifestaciones y decían que iban a arruinarse. Hoy trabajan mejor, respiran mejor, tienen que limpiar y pintar menos, y ganan más.

Pero la única consecuencia no ha sido ésa. Por un lado, hemos visto cómo los niños van con sus padres a los bares con más asiduidad que antes, socializándose en prácticas de consumo de alcohol y comida basura no siempre apropiadas. Pero sobre todo hemos visto cómo los bares y restaurantes han ocupado el espacio público de las ciudades (con la connivencia de los Ayuntamientos que creen ganar algo por las tasas de ocupación de terraza, cuando el balance a la larga será negativo), y lo han convertido en fumaderos (con los niños en medio), lo cual a su vez está generando graves problemas ambientales, y sobre todo convivenciales. Muchas de las plataformas antiruidos que han surgido en los últimos años se deben a eso.

Por tanto, aunque es cierto que ni el interés de mis colegas ha ido en esa dirección, ni las administraciones han tenido en cuenta hasta hoy la importancia del conocimiento sociológico para enfrentar este tipo de problemas, es obvio que su condición de problema social se ha incrementado. Y cuando nos enfrentamos a un problema social, es difícil que la técnica, la salud o la policía puedan resolverlo por sí solos.

4.Habla usted de “ruido visual” y de “ruido sonoro”. Puede explicar en qué consisten estos conceptos?


Bueno, el concepto de ruido visual es un poco abuso del término. Yo estudié Periodismo antes que Sociología, y ejercí de periodista. Y aunque suspendí con un profesor penoso Teoría de la Imagen, aprendí algunas cosas sobre eso. Al fin y al cabo, los problemas provocados por el ruido derivan de su impacto como contaminación comunicativa, pues es contaminación comunicacional, informacional. Limita la capacidad para captar otros mensajes a los que estamos intentando atender. Pues exactamente lo mismo ocurre en las ciudades con eso que llamo ruido visual, que también afecta a la comunicación.



Obviamente no tiene el impacto en la salud que tiene el ruido en sus manifestaciones extremas, aunque si se estudiase (yo no conozco estudios, no sé si desde la psicología se ha hecho algo) a fondo estoy seguro de que la contaminación visual, el ruido visual, también genera por lo menos estrés y ansiedad.  

Me refiero tanto el exceso comunicacional (que en unos casos es ruido, en otros redundancia pues algunos carteles nos persiguen de forma ubicua) como a los conflictos interculturales que, como ocurre con el ruido sónico, se producen. Naturalmente, y como ocurre con el ruido, es obvio que el exceso de imágenes en la calle podemos verlo como una expresión del progreso económico, del dinamismo social.


   

El proyecto de dos artistas austriacos, una performance que han repetido en distintas ciudades, tachando de un solo color todos los carteles, nos permite calibrar mejor la superficie de espacio visual, de entorno vital, que esa contaminación ocupa.


Una variedad del ruido visual es, durante la noche, el propio exceso de iluminación, que más allá de la cuestión energética ha generado en los últimos años un movimiento internacional, la iniciativa Star Ligth, por la reducción de la luz urbana para poder ver las estrellas, de nuevo, al menos fuera de las ciudades.

En 2014 estuve en el Congreso Mundial de Sociología, en Japón. Si recuerdan, después de la tragedia de Fukushima Japón detuvo todos sus reactores nucleares, 48, la mayoría siguen sin reabrirse y se ha planteado una estrategia de eliminación de la energía nuclear. Pero a lo que iba, la dependencia nuclear hizo que se establecieran medidas drásticas de ahorro, y entre ellas las calles semioscurecidas, apenas iluminadas. Era extraño, realmente extraño, acostumbrados como estamos a un exceso de luz. Pero se puede vivir, según pude comprobar, y se podía mirar al cielo por la noche.

5.Qué elementos de debate para el futuro pondría usted sobre la mesa para ayudar a ciudades como la nuestra a disminuir la incidencia de ésta problemática?


Va a ser muy difícil gestionar todo esto, por la creciente complejidad cultural. Es una paradoja enorme, que anunció el Cabaret Galáctico de la película de Georges Lucas (y que Sisa adaptó al berenjenal del inicio de la postmodernidad en los 90): cuanto más globales somos, más locales nos volvemos…

Hace cincuenta años emigrábamos y era honroso perder el acento, aunque tuviese consecuencias: después de pasar un año en Santa Coloma para estudiar ingreso de bachillerato (porque en mi pueblo no había dónde, y en Santa Coloma estaban mis tíos emigrantes), al volver al pueblo tenía que reñir con algunos porque decían que hablaba como una chica. En realidad sólo hablaba correctamente, y puede que hubiese cogido un pelín de acento catalán porque la mayoría de mis amigos del colegio eran de familias catalanoparlantes. Así que el resto de mi vida me esforcé en mantener acento no ya baturro, sino campuzo, rustico. Ahora llegan a la universidad mis alumnos no con acento regional, sino con el acento y sobre todo el habla inapropiada de su barrio, que la verdad es que suena fatal cuando les haces leer en voz alta un texto académico. Paradójicamente la Urbe Global, como yo denomino al poblamiento en la Sociedad Telemática, genera una cultura cosmopolita, pero a la vez recupera y entroniza los localismos, incluso los olvidados, incluso los peores.


Yo insistiría en la idea de que el ruido, especialmente el ruido protocolario que genera conflictos de convivencia, ya no es un problema técnico, sino un problema social. Hemos exaltado la diversidad, y ahora hay que gestionarla. Y para eso sólo hay un camino, en estas complejas sociedades: el ejercicio de la ciudadanía, que sólo puede pasar, precisamente, por una educación para la ciudadanía en unos valores que sean comunes a todos, y que no pueden ser consensuados en su aplicación, sino aplicados desde el imperio de la ley.

La burguesía creó la urbanidad, para enseñar a las primeras oleadas de inmigrantes rurales a comportarse (digámoslo así, porque ese era el objetivo) en las ciudades burguesas. La clase dominante de la Sociedad Telemática no sabe, no quiere o no puede (la legitimidad está tan repartida hoy que es muy difícil tomar esas decisiones…) a imponer una Cosmopolitanidad, o Cosmopolitanía. Sabemos que no tenemos que poner mayúsculas en Wasapp o en Twiter, que es como un grito, ¿y no sabemos cuándo no gritar en el rellano o en la calle? La urbanidad fue eficaz durante casi un siglo, hasta el último tercio del siglo XX. Hay que encontrar el concepto, definir los contenidos... y aplicarla.
A mi juicio no se trata sólo de aprender a convivir con diferentes. Se trata de aprender a convivir a secas, y eso implica aprender, socializarse en, unos valores universales, entre los cuales está el respeto al bienestar de los demás. Robert Putman, el padre de la teoría del Capital social (el papel de las redes sociales en la Economía y todo eso) al intentar aplicar su teoría a la diversidad cultural fruto de las migraciones, que cree buena a largo plazo (como así lo ha sido de hecho en el país que más lo ha experimentado históricamente, los Estados Unidos), plantea que el desafío para nuestras sociedades cada vez más diversas es "crear un nuevo y abarcador sentido del Nosotros". Donde Putman dice el Nosotros me da igual que pongamos las normas de urbanidad, el Super Yo que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Todo forma parte del paquete: los ruidos, la suciedad en las calles, los perros peligrosos sin bozal, las celebraciones bestias de la victoria del equipo local, los restos esparcidos del botellón...

En realidad el ruido en sí mismo, en general, tampoco es ya tanto un problema técnico como social y político.

¿Por qué estamos un poco aturdidos, y nunca mejor dicho, con el ruido? Porque en la última década hemos dilapidado unos recursos ingentes que vemos ahora que no nos han servido para resolver los problemas. Llega el día del ruido, y nos lamentamos de lo mismo que hace cinco, diez o veinte años.

Los mapas del ruido han sido un auténtico negocio, y seguimos donde estábamos. España ha invertido desde 2004 cientos o miles de millones en aparatos, mapas, estudios... que ya está obsoletos, ¿y hay que volver a hacer? Yo pongo sobre la mesa dejar de hacer mapas de ruidos, y empezar a preguntar a la gente qué ruidos les molestan de verdad, no los que unos físicos han decidido que son molestos (o no, porque como no sobrepasan determinado umbral, pues te aguantas), y analizar quiénes provocan esos ruidos, y por qué. ¿Porque no saben que molestan (porque bien puede ser eso), porque en su pueblo parecían más machos, o más resueltas y dominantes, si gritaban mucho, porque lo manda su religión?

Los Estados Unidos resolvieron muchos de los problemas de este tipo por una vía inteligente y espontánea, que los sociólogos de la Escuela de Chicago, los llamados de la Ecología Humana, estudiaron a principios del siglo XX: por la vía de los barrios étnicos, que ahora nos parecería aquí una salvajada seguramente. Lo cual plantea otro tipo de problemáticas, pero resuelve muchos de los problemas de convivencia, como son los ruidos protocolarios. Pero llegaron las oleadas migratorias a ciudades que ellos mismos construían, y se fueron estructurando en el territorio en función de sus orígenes; pero aquí y ahora confluyen en espacios ya construidos, y habitados.
En fin, que lo veo complicado. Soy consciente de que venir hasta aquí para concluir eso no es muy eficaz, pero me temo que es lo que hay. Espero haber dejado al menos algunas cuestiones sobre las que reflexionar.




©Artemio Baigorri, 2017, por el texto





[1] Por supuesto que no todo es cultural. Hay niveles de sensibilidad distintos, como hacia el dolor. Mi esposa no se entera cuando los perros de una granja cercana empiezan a ladrar entre las 6 y las 7 de la mañana, yo sí. Se ha estimado (fuente Nuvolati) que entre un  8-12% de la población son (somos, debiera decir) más sensibles. Dicen los especialistas médicos y psicólogos que aún no es posible identificar a priori aquellos que son más sensibles, generalmente por razones genéticas. Algunos pensadores no están tan seguros de eso. Decía Schopenhauer que "el ruido es una tortura para los intelectuales, y la más impertinente de las perturbaciones". Y cuentan que también decía, aunque no he podido comprobarlo, que "la cantidad de ruido que uno puede soportar sin que le moleste está en proporción inversa a su capacidad mental". Sigo sin poder comprobarlo, pues es relativamente fácil encontrar esa cita en Internet, pero creo que todos la han tomado de mi trabajo, por lo que seguimos igual. Con lo que sigo sin poder averiguar si es cierta o no. Lo sea o no, por supuesto Schopenhauer sólo era un pensador (bastante triste), no un científico.
[2] Mucho estudio sobre el ruido, y sobre todo mucho análisis filosófico, comunicacional… sobre el silencio. Yo creo que tiene mucha relación primero con las modas New Age y luego, más recientemente, con las modas (en realidad derivadas) del slow… Esas formas cosmopolitas que quieren salirse de lo que mantiene viva la maquinaria de la urbe global… Hemos llegado a tal punto que ayer descubría un artículo, en una revista denominada de Estudios Culturales Feminista s, sobre los mecanismos antiruido, como los auriculares, y su relación con el cuerpo… Estamos alucinando, y sin embargo, no encontramos mecanismos claros para resolver los problemas sociales, los problemas de convivencia, faltan esos análisis. Cómo podemos? La Sociologia aplicada tiene mucho que hacer.

20170926

Generaciones y alcohol. Una perspectiva evolucionaria en el análisis del consumo


Artemio Baigorri
Generaciones y alcohol. Una perspectiva evolucionaria en el análisis del consumo
Centro Reina Sofía, Madrid, 29/3/2017
(transcripción de la conferencia)




Buenos días:

En primer lugar he de agradecer a la FAD, y en particular a Miguel Angel Rodriguez, la invitación para participar en este seminario.

Aunque la propuesta me llegó un poco por sorpresa, en lo que a plazos se refiere, no me he podido resistir porque la invitación me ha servido para espolear en una tarea en la que llevamos un tiempo trabajando, pero que últimamente andaba un poco ralentizada.

En los últimos años hemos dedicado bastante esfuerzo al desarrollo del concepto de generaciones como herramienta para el análisis del cambio social. Lo hemos aplicado al estudio de las actitudes y hábitos proambientales, en una espléndida tesis doctoral de mi colega Manuela Caballero, que está por ahí.  Y queríamos aplicarlo ahora al consumo de alcohol y drogas. Estábamos empezando la redacción de un artículo cuando llegó la invitación, así que, pese a las prisas, preparar la exposición ha sido un acicate para avanzar.

Supongo que se me sugirió una aportación más cuantitativa para compensar un poco la parte netamente cualitativa de los informes, ambos estupendos, que se presentan a continuación. Pero eso me ha planteado un problema porque, si bien es cierto que en los últimos años hemos trabajado bastante analizando las encuestas ESTUDES y EDADES, lo cierto es que a mí eso de lo cuanti y lo cuali me desorienta, porque en mis investigaciones practicamos más bien la metodología del exceso, por empezar a centrarnos en el término que nos reúne. Le damos a todo, como los jóvenes al ponerse el sol.


Modestamente creo que nuestro libro Botellón. Un conflicto postmoderno, algo añoso ya pero por lo que sigo viendo por ahí bastante vigente (2004), utilizamos todo tipo de técnicas, cualitativas, cuantitativas, participativas, de análisis web, etc. Porque los problemas sociales deben abordarse así, y cuanto más complejos y graves son, con mayor exceso metodológico (digo exceso, que no anar
quía).

¿Cómo abordar problemas como los que abordamos aquí sin entender y reflexionar sobre la extensión de la placenta social, la dimisión parental, o el papel político del lobby del alcohol? ¿Pero también cómo abordarlo sin preguntar, medir, cuánto alcohol consumen las personas, más allá o más acá de cómo lo justifiquen? ¿O cómo abordarlo sin entender cómo funcionan los contenidos en Internet, los mecanismos de las redes sociales y el papel de las TICs en general?

¿Cómo ubicar lo que las etnografías nos cuentan del exceso, por ejemplo, si no escuchamos también a los clásicos, lo que ya está dicho? Por ejemplo, la refinada elaboración de Maffesoli. Hace casi una década coincidí con él en un seminario, precisamente sobre los excesos del alcohol, en Francia, y descubrí que era algo más que las tribus. Yo no conocía entonces su libro La orgía, pero se lo recomiendo encarecidamente a los cualitativistas.


Pero decía que también es importante la perspectiva cuanti. En realidad, sólo la falta de cualificación suele explicar la preferencia radical por una u otra perspectiva.

En este caso es especialmente importante. Porque a mi juicio, por ejemplo, el exceso no es descontrol. En absoluto. Puede ser discutible qué es el exceso, dónde empieza, cómo medimos en las encuestas el exceso. Porque tiene una fuerte carga de subjetividad, incluso de biología individual: uno sabe cuándo se ha excedido, sabe que se ha pasado con dos, tres, cuatro, cinco copas… Pero hay que objetivarlo, para poder medir. ¿Cómo? Pues aceptando lo que nos dicen, fundamentalmente, los médicos. Nos adaptamos a una mera convención, como hacemos para medir el tiempo. Cuando sacamos el exceso de la subjetividad para poder medir, comparar, entender cambios, estamos aplicando una mera convención (en este caso médica, y que como tal puede cambiar, como cambian de tanto en tanto las convenciones médicas sobre la leche materna o el aceite de oliva). Una convención que señala el punto a partir del cual la Medicina conviene en que se puede poner en riesgo la salud del individuo. El exceso es por tanto controlable, medible, contrastable… cuantificable en suma.

Sin embargo el descontrol va más allá del exceso, a un territorio desconocido, tanto en su recorrido (el viaje) como en sus consecuencias finales, por el sujeto. Uno puede incluso prever qué va a pasar cuando se exceda. Y por lo mismo podemos prever qué puede ocurrirle a una población al hacerse mayor, si de joven se excede. Pero uno no puede prever, en modo alguno, qué puede pasar cuando pierda el control. Como no podemos prever qué puede pasar en una sociedad descontrolada.


En este sentido, la perspectiva generacional, que quiero apenas presentar, es una perspectiva también mixta, que debe medir, pero también definir identidades, es por tanto cuali/cuanti.

Creemos que es interesante aplicar esta perspectiva porque complementa el modelo tradicional, que es el del Ciclo de Vida, que se estructura en cohortes de edad, y tiene un componente fuertemente biológico, según el modelo de la naturaleza de nacimiento, crecimiento, desarrollo, decadencia y muerte. A ver si soy capaz de explicarles el por qué.


Es evidente, y muy importante analizarlo así, que los jóvenes tienen unos hábitos de consumo distintos que los mayores. SI observamos esta tabla, del último informe nacional sobre la encuesta EDADES de 2013, vemos que la proporción de quienes se emborrachan es mayor entre los más jóvenes que entre los más mayores. Eso es una constante. Ocurría en 1997, y seguía ocurriendo en 2013, porque es casi una “ley social”.

Incluso se mantienen cercanas las proporciones, igual en hombres que en mujeres. Entre las mujeres de 15 a 34 años la prevalencia de borracheras prácticamente mantiene el mismo multiplicador respecto a los de 35 a 64: es cinco veces más alta en 2013, y lo era en 1997.

Sin embargo en la tabla siguiente (extraída del mismo informe), veremos cosas sorprendentes, que chocan con esa constante del ciclo de vida.


Veamos primero la prevalencia de consumo de cannabis (en rojo), que cubre la serie completa. Los jóvenes de 2013 siguen consumiendo más que los mayores, es cierto. Pero mientras en 1995 la proporción era de casi cuatro veces, en 2013 ni siquiera es el doble. La prevalencia es más alta en todos los casos, pero la de los mayores de 2013 es incluso mayor que la de los jóvenes de 1995. Y en el caso del alcohol el cambio es mucho más significativo: sencillamente se ha invertido la relación. En 1997 la prevalencia de consumo de alcohol de los jóvenes era ligeramente superior a la de los mayores, mientras que en 2013 es la prevalencia de los mayores la más elevada. Y lo mismo ocurre en el tabaco.



¿Qué ha pasado? Pues que tenemos jóvenes y mayores, pero son otros jóvenes, y otros mayores. De hecho, éstos mayores de hoy son aquellos jóvenes de ayer. Aquellos jóvenes que bebían mucho, y muchos de ellos ya fumaban cánnabis… que siguen fumando de mayores.

Y es que a medida que las sociedades evolucionan nuestro ciclo de vida parece el mismo, pero no lo es en realidad. Reproducimos patrones y hacemos las cosas que a las edades correspondientes hacían nuestros padres o nuestros hermanos más mayores, pero las hacemos de forma muy distinta, porque pertenecemos a generaciones distintas, y pertenecer a una generación distinta es casi como pertenecer a otro país. Yo nunca he creído en el concepto de subcultura juvenil, pero sí que subculturas generacionales, porque cada generación construye no sólo sus creencias, valores, sino su forma de producir y consumir, específicas. Las hierbas del campo, los árboles, la fauna silvestre, sigue reproduciendo ahora los mismos ciclos que hace 5000 años, pero el ser humano trastoca los ciclos de la Naturaleza. El ciclo de la vida humana actual no tiene nada que ver con el de hace apenas un siglo: la duración media (la esperanza de vida) era la mitad, de 40 años. Hoy con una esperanza de vida de casi 85 años vivimos en realidad dos ciclos, o más.

De ahí el interés que tiene, a nuestro juicio, el concepto de generaciones, que debemos ubicar en un sentido general dentro de ese campo semántico-conceptual más amplio que incorpora la cohorte demográfica, el curso de vida (o curso vital) y el Ciclo de Vida, y que hay que reconocer tiene un largo recorrido lleno de sinsabores epistemológicos, porque es complejo de operativizar. 

Pues habrá quien diga con razón que ya prestamos toda la atención debida a los jóvenes, al flujo de jóvenes que cada vez son o hacen más esto o lo otro. O empiezan a fumar antes, o a beber menos, o a emborracharse más… ¿No es lo mismo que hablar de generaciones?

No, pues lo que hacemos no es análisis generacional, sino estudios de juventud, de problemáticas vinculadas a la Juventud como categoría social definida y diferenciada del resto de la población que constituye las sociedades. De hecho sólo muy  recientemente la mal llamada literatura sobre generaciones (que era más bien de cohortes) ha incorporado a los mayores.

En una sesión de reflexión rápida y divulgación no podemos detenernos a profundizar en la teoría de las generaciones, pero apuntaré al menos algunas notas.


Además del curso de la vida, del ciclo eterno de la naturaleza, hay un curso de vida que define en sus variaciones la evolución social, marcado por las particulares identidades y el hacer de las generaciones. Ha estado presente en la historia del pensamiento desde Platón al primer sociólogo y fundador del positivismo, Auguste Comte. Pero su operativización ha sido (y de hecho lo es aún) complicada. Ortega y Gasset planteó la aproximación más rica e imaginativa a la española, y Karl Mannhein intentó sociologizarla a la alemana, pero lo cierto es que los logros prácticos son escasos, más allá de su aplicación a la Historia de la Literatura o el Arte.

Hasta que dos historiadores norteamericanos, William Strauss y Neil Howe, se lanzaron a la tarea titánica de intentar explicar toda la Historia de su país aplicando un modelo generacional. Lo interesante del modelo de Strauss y Howe es que, amplificando el de Ortega, plantean un proceso cíclico (lo que permitiría integrar el modelo en una perspectiva evolucionaria) que en una especie de espiral (más que círculo) genera unos arquetipos generacionales que, en sus variaciones evolutivas, se repetirían hasta el fin de la Historia. Complejizan la idea orteguiana de que hay generaciones que conservan y generaciones que rompen, y plantean un modelo de ciclo o saeculum, de 80 ó 90 años, dividido en cuatro etapas o giros más constructivos, o imaginativos de novedades, o destructores/renovadores, en suma generaciones que responden a una serie de arquetipos (el profeta, el nómada, el héroe y el artista) que se suceden ininterrumpidamente. En el esquema vemos la aplicación del modelo que hacen al siglo XX, en el que nacen las generaciones vivas que hoy son contemporáneas.


El modelo de Strauss y Howe es particularmente útil porque, más allá de que los factores que definen a una generación (los hitos históricos, culturales, tecnológicos, que la marcan ideológica, actitudinalmente), sirve para intentar predecir algunos comportamientos.

Naturalmente, dada la dinámica histórica no podemos esperar una similitud exacta entre las estructuras generacionales de todas las culturas y países, aunque probablemente sí se esté empezando a dar ya en las últimas generaciones, y debamos hablar de generaciones globales en el caso de la llamada Generación Z, no sé si tanto en el caso de los millenials. En Holanda el sociólogo Henk Becker ha intentado aplicar un modelo generacional para analizar las dinámicas y conflictos en la gestión de las organizaciones. En nuestro caso, nuestro se ha centrado inicialmente en el análisis de las actitudes proambientales, y ahora trabajamos en intentar desentrañar y comprender mejor, con ayuda del modelo generacional, algunos de los cambios observados.


Para hacerlo disponemos de una herramienta muy buena, la encuesta EDADES. En primer lugar porque empieza a ser una serie larga, dos décadas; en egundo lugar porque tiene un tamaño de muestra que permite cruces sin una pérdida de calidad estadística; y en tercer lugar por incluir como universo a gran parte de la población.

Por supuesto que tiene limitaciones importantes. Una que sin duda nos ha dado muchos quebraderos de cabeza a quienes nos ha tocado analizar todas las series es que la formulación de algunas preguntas ha cambiado en ocasiones, o incluso han desaparecido algunas (es lógico que aparezcan nuevas, como las referidas al botellón, pero no es lógico que desaparezcan variables de plena actualidad)[1]. Otra es el retraso en la disponibilidad de los datos (con la 215 ya se están pasando) y la poca transparencia para que los investigadores no “conectados” puedan obtenerlos como con las encuestas del CIS y tantas del INE: con algo tan simple como un enlace a un formulario que automáticamente permitiese descargarlos, puesto que están suficientemente anonimizados.


Esas son limitaciones digamos genéricas, pero hay otras que se hacen precisamente evidentes cuando intentamos un análisis generacional. Sin duda la más importante, el rango del universo. Quizás pudiera defenderse un mínimo de 15 años en 1995, pero no desde que la encuesta alterna, ESTUDES, nos muestra edición tras edición que la edad de inicio en determinados consumos viene descendiendo sistemáticamente; por lo que debería ampliarse el rango hasta los 12 años. En cuanto al límite superior, ya fue un error fijarlo en 65 años en 1995, cuando la esperanza de vida, y por tanto los problemas derivados del consumo superaba los 75 años. Pero mantenerlo hoy es un error ya enorme. Actualmente la esperanza de vida supera los 80, casi 86 en el caso de las mujeres, y asistimos a un envejecimiento de calidad y activo en todos los sentidos (se amplía la edad de jubilación, se posibilita el trabajo como jubilado, la movilidad es enorme, los estilos de vida extremadamente diversos, etc), por lo que es absurdo limitarnos a los 65. Con esos límites absurdos se nos quedan fuera un par de generaciones. Un rango racional debería recoger a la población en disposición de responder de entre 12 y 85 años.

Para entender la importancia de ese cambio basta tener en cuenta que estamos llegando a esas edades los babyboomers, y llegarán enseguida los hoy señores y señoras X, es decir las generaciones que empezaron a tontear alocadamente con todo tipo de drogas, personas que en algunos casos llevan tres y aún cuatro décadas tomando drogas, en algunos casos muy duras. ¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo es su vejez? ¿Qué podemos aprender de eso que pueda ser útil a las nuevas generaciones?. ¿Qué queda de sus valores y actitudes ante el alcohol y las drogas en las generaciones sucesivas?
Veamos algunos botones de muestra, teniendo en cuenta la dificultad que, como decía, plantean algunas serie de preguntas, que en unos casos desaparecen, y en otros se modifican sus categorías de forma que se hace casi imposible la comparación. Inicialmente hemos trabajado sólo tres momentos de la serie histórica, y he traído alguna variable relacionada con el alcohol.

Veamos primero esa variable que tanta preocupación nos viene generando, la edad de inicio en el consumo. Aunque debemos partir de 1997 (en el banco de datos de 1995 no aparece esa pregunta) vemos cómo la edad de inicio en el consumo se viene reduciendo sistemáticamente. Lo sabemos, nos preocupa.

Pero hay más cosas. ¿Qué pasa cuando aplicamos un análisis generacional? Pues descubrimos en primer lugar que la población reconstruye su biografía, seguramente para adaptarla a lo políticamente correcto en el momento.


¿Cómo lo hace? Retrasando esa fecha de inicio. Salvo la generación que llamamos franquista (no porque esa fuese su ideología), y en la última década los babyboomers, las siguientes generaciones (paradójicamente aquellas que por ser más jóvenes, deberían recordar mejor por tener más cerca ese momento de inicio) corrigen sensiblemente el dato: los de la generación X que en 1997 decían haberse iniciado a los 16,36 de media, en 2013 dicen que lo hicieron a los 17. Aunque el “olvido” más intenso, como vemos en el gráfico inferior, es el de los millenials, la generación que ahora está accediendo a posiciones de poder, que consecuentemente digamos que “limpia” su biografía, aumentando en más de un año la media de inicio.

Había preparado un par de variables más, pero anoche terminando de preparar la intervención fui consciente de que cometía exceso en el tiempo, así que para no caer en el descontrol lo dejaré aquí. Colgaré la presentación en el blog de mi grupo de investigación, por si alguien quiere consultarlo, aunque como decía espero que pronto tengamos un artículo en el que desarrollemos más extensamente esta propuesta metodológica.

Por supuesto puede discutirse si los cambios señalados son simplemente una cuestión de edad, efecto del simple ciclo de la vida, o si como creemos corresponden a las distintas identidades generacionales. En cualquier caso es una perspectiva analítica complementaria. Cuando las generaciones pueden durar de promedio no 40 sino 85 años, estamos ante un hecho nuevo que exige instrumentos nuevos. Hay que estudiar a los niños y a los ancianos, y hay que hacerlo teniendo en cuenta que esos ancianos son los niños décadas atrás. Tenemos que ver si es posible a partir de este modelo construir modelos cíclicos que nos permitan de alguna forma prever no el futuro, que no es previsible, pero sí tendencias futuras.

Por otra parte la perspectiva generacional puede ser útil desde el punto de vista de la prevención, para el diseño de programas de intercambio de experiencias intergeneracional, como hemos visto que ocurre con los valores proambientales.

Muchas gracias por su atención




©Artemio Baigorri, 2017, por el texto


[1] Salen cosas muy distintas según que se pregunte. Por ejemplo en el caso de cuántas bebidas diarias, no tienen nada que ver los resultados (2005 y 2013), que oscilan entre 1,84 y 3,2. Y si lo hacemos a partir del número de elementos (vino, champán, cañas, sidra, copas diversas…, etc (1995), que oscila entre 0,6 y 0,8 (hemos sumados todas las de diario, todas las de fin de semana, y hemos dividido por 7 días). Obviamente algo no cuadra, hay que ver cómo se pregunta, qué se pregunta… y mantenerlo.

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