20141028

Internet, o la eternidad

Una de las grandes preocupaciones de los agoreros en las últimas décadas (pero muy especialmente de los pillos y corruptos), es que desde que existe Internet nada desaparece, nada se olvida. Es algo que, ciertamente, tiene efectos indeseados, que afectan a la gente buena; sé de algún  chaval que por principios se negó a pagar una multa administrativa por llevar un poco de chocolate para uso propio, y para siempre aparecerá su nombre en un Boletín Oficial de la Provincia, cual si erstuviese en busca y captura (sí, en eso se entretienen muchos policías en provincias, en lugar de atreverse a perseguir a los delincuentes). Pero el balance global de ese nuevo hecho social, que cambia tantas cosas, es muy positivo.

Hace la tira de años, cuando la nefasta ministra de Cultura de ZP (una señora preocupada fundamentalmente por la ropa de boutique y las joyas, siempre con un look indigno de alguien que se dice socialista), ya me ocupé del asunto, en otro sentido. Pues la persecución de las llamadas "descargas ilegales" podría suponer la desaparición de inmuerbales espacios de recuperación de joyas culturales. Como así ha sido, de hecho. La generalización de las políticas de persecución de los intercambios han conducido a la desaparición de miles de blogs dedicados, en los primeros años del siglo, a recuperar discos perdidos que ya nadie escuchaba (ni por supuesto se le ocurríría comprar). Citaba entonces el caso de Nick Drake, uno de los más maravillosos cantautores ingleses de los '70, cuya música prácticamente desapareció del mundo tras su suicidio... hasta que los blogers empezaron a recuperar viejos vinilos. Pues esta historia va en esa dirección.


En aquellos tiempos de maricastaña, cuando era joven, feliz e infeliz (en mi pueblo un "infeliz" no es un ser desgraciado, sino un ingenuo, ignorante de la vida y sus trampas), me gastaba todo el dinero en libros y discos. Todo de segunda mano. Descubrir las tiendas de discos usados y libros de viejo (además de los cines de sesión doble) en Barcelona, cuando retorné a aquella ciudad a los 17, fue algo indescriptible. Para pagarme los estudios de Periodismo trabajaba de 8 á 14 en la oficina de una gasolinera, en el arranque de la Meridiana (¡menuda historia de postguerra debía haber detrás de aquella gasolinera!). Es decir, ganaba mi dinero, lo que me permitía gastar en discos, libros y cine, tanto que a menudo luego no tenía para el tren a Bellaterra (bueno, tampoco tenía muchas ganas de ir, después de trabajar siete horas). Pero aún así era poco, lógicamente, pues no dejaba de ser un precario (¡como si el precariado fuese un invento actual!; simplemente ocurre que con la civilización se reduce progresivamente el umbral de tolerancia a la precariedad, como al trabajo infantil o la violencia contra los animales).

Así que todo eran libros de viejo, y discos de las tiendas de segunda mano en las que se podían encontrar dos tipos de discos: los usados propiamente dichos (por lo que a veces te pillabas uno rayado, y en cualquier caso casi siempre plagados de parásitos por las microrayas), y los descatalogados, por no haber tenido éxito en las ventas. Con esos era con los que más disfrutaba, porque me permitía descubrir joyas que, obviamente, el resto del mundo había despreciado. Gentes que habían grabado un sólo disco, que obviamente fracasó, y que tras ello se habían dedicado a otra cosa. Discos preparados con todo cariño pero que sin embargo no habían tenido éxito, porque no respondían a lo que el público esperaba del artista (uno de los mejores ejemplos de este caso es sin duda el disco de Massiel dedicado a Bertolt Brecht, con la preciosista producción de Caballero Bonald, búsquenlo por los blogs que resisten por ahí, y algunas de cuyas canciones estarían hoy de plena actualidad),

Podría señalar muchos, pero me quiero centrar en un caso que nos ayuda a entender mejor que ningún otro esa idea de eternidad que es Internet, en donde tanto la resurrección de los justos como el castigo eterno de los malvados se hace, por fin, realidad (con lo que las religiones pierden otra agarradera). John Dawson Read, cuyo disco A friend of mine ha sido uno de mis compañeros de viaje durante casi cuarenta años, durante los cuales tantas voces han llegado y se han ido de mi alma, algunas incluso hasta el olvido (como Joan Baez, de la que ahora únicamente soporto su Blessed Are, y no completo, el aburrido de Neil Diamond o los pesados King Krimson). Yo evaluaba los discos de aquella categoría de descatagolados, al no tener referencias, por sus portadas, los músicos de estudio que aparecían, o los arreglistas. Así descubrí una de aquellas maravillas, el también evaporado John Kongos: si Gus Dudgeon producía el disco, tenía que estar bien... y así fue, claro, a veces parecía un clon de Elton John, pero era otra cosa. Y tantos otros...


Pero volviendo a John Dawson Read, la excusa para esta reflexión, fue uno de esos discos que me atrajo por portada, con su otoñal fotografía a lo Hamilton, y por las letras que venían en la contraportada (aunque entonces entendía muy poco de inglés). Luego me encantó el manejo de la guitarra acústica, las armonías, la forma en que sin pretensiones te envolvía. Es un gran disco, por mucho que las pocas copias que debieron llegar a España, acabasen enseguida en las tiendas de viejo. Uno de los vinilos que más he cuidado. Parece (lo sé ahora) que tuvo una cierta proyección fuera del Reino Unido, llegando a haber versiones de alguna de sus canciones, de las que el autor ni la productora quizás ni se enteraron, porque tras un segundo disco fugaz, terminó abruptamente su carrera como cantante. Siguió su vida, y a lo largo de los 30 años siguientes crió a sus hijos, tuvo un restaurante, se dedicó al marketing... muy poco musical todo ello.

El mundo siguió su curso, como no podía ser menos. Y un buen día de 2005 a un desconocido cantante de su generación se le ocurrió colgar en su web un mp3 de A friend of mine. Eso puso en marcha una serie de mecanismos, fans que buscan y encuentran, recuerdos que reverdecen... y el buen señor retoma los trastos y vuelve a cantar, treinta años después de haberlo dejado. Y desde entonces no ha parado, de grabar nuevos discos y cantar. Pásense por su página web. Delicada, como su música, y generosa, sin duda disfrutarán del contenido. Por eso es tan delicado el asunto de las descargas, la falacia de los derechos... En unos casos causan sin duda un daño real, y en ocasiones generando además beneficios indecentes. En otros son, sin duda, una bendición, que permiten la vuelta a la vida de mentes que quizás estaban vegetando en el limbo.







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