20110824

Queríamos cambiar el mundo...

...y sin duda lo cambiamos. O contribuimos a que cambiase. Por supuesto, nunca en la línea prevista. Pero sin la batalla antinuclear sería inexplicable el fuerte desarrollo de las energías renovables (precisamente las centrales nucleares son la última rémora para el pleno desarrollo de la una energía ubicua e inagotable, toda ella procedente del sol). Por supuesto, habría quién podría argumentar que la batalla antinuclear empezó en Francia, y sin embargo ese país, que camina hacia la decadencia, es el principal valedor de la energía nuclear en el mundo, la principal amenaza nuclear en Europa, hoy que sabemos que los accidentes nucleares nunca son locales. Y todo esto me lleva a pensar en mis queridos zombis del 15-M, que sin duda van a cambiar también el mundo, pero no (seguro) en la dirección que ellos creían.


Solarquedada
Bueno... El asunto es que en la Solquedada de este año los solarinos nos reunieron en un pueblo de la Ribera del Ebro a algunos históricos del movimiento antinuclear (ex-combatirentes, más bien) para reflexionar sobre cómo dar la puntilla a ese absurdo de la inteligencia, creado para la guerra y que ha causado muchas más muertes que vidas ha podido salvar.


No avanzamos mucho al respecto, pero lo pasamos bien, le hicimos un homenaje al pionero de las renovables, Pep Puig, y recuperamos la sonrisa solar, que el monstruo de Fukushima casi consiguió dejarnos helada para siempre. Gaviria propuso recuperar la idea del primer estudioso de los efectos de las bajas radiaciones (esas que los vendedores de chatarra nuclear cuentan a los niños de las escuelas que no son peligrosas) de denunciar a los directivos y principales accionistas de las empresas propietarias de centrales nucleares por genocidio planificado. Que corra la voz, y a esperar que un juez quiera pringarse. Puede ser clave para la historia de la Humanidad.


Buena gente estos de la energía solar... y buena comida (vegetariana, of course) cocinada en cocinas solares.

En la urbe global

Pero ¿cómo es que he puesto casi dos kilos tras mi periplo por Cortes (el barrio navarro de mi pueblo, je)?. También pasé por Ribaforada, en donde Gaviria anda todavía formando sociólogos, metido en una investigación sobre la integración de los inmigrantes. En Ribaforada escribí mi primer librillo individual (no llega a libro, apenas un folleto, que tuvo dos ediciones pero lleva décadas agotado, pero que todavía es, treinta años después, el único "libro" escrito sobre el pueblo, es cuando los pueblos fijan sus objetivos culturales no en el ser, ni siquiera en el estar, sino en el tener), por el empeño de Carlos, quien (en 1979 ó 1980) tras haber trabajado en las normas subsidiarias me encargó escribirles la historia del pueblo, y luego un librito sobre su potencial económico, y que allí sigue de secretario del Ayuntamiento. En su biblioteca obtengo una de las mejores perspectivas de La Ribera en su plenitud.


Pura urbe global, que se percibe mucho mejor al acercarnos a pasear por el Moncayo, aquel  viejo Dios del que el pesado de Labordeta decía erróneamente que "ya no ampara". En Veruela, en donde tantas tardes de verano pasé, en mi adolescencia, intentado emular a Becquer, han colgado una exposición hipermoderna de un hiperhortera, mientras cuatro o cinco kilómetros más allá, en el merendero de las cuevas de Añón, se nos avisa a los visitantes de que cuidemos el paisaje, y los recursos naturales, de esta guisa.



El chalet del coronel
No, no es una historia corta de Vargas Llosa. Hablaba de Veruela... En donde en mi adolescencia soñaba con superar a Becquer, y en donde luego tuve mi primer batacazo urbanístico. A principios de los '80 teníamos montado en Zaragoza un buen equipo de urbanismo  (del que han salido algunos de los mejores arquitectos urbanistas que andan hoy por Aragón), y trabajábamos en las Normas Subsidiarias Comarcales del entorno del Moncayo, cuando nos topamos con la realidad: un coronel de aviación, a quien por lo visto debían favores todos los del pueblo a quienes había tocado la mili en aviación, empeñado en hacerse un chalet junto a la misma cruz de Becquer, por sus cojones. Y claro, todo el pueblo a favor, y el alcalde, a pesar de ser un joven supuestamente izquierdoso y ecolo, sin ganas de enfrentarse al cacique y sus comparsas. Y de abogado defensor tenía nada menos que a Emilio Gastón, otro supuesto rojo oficial, senador y poeta supuestamente ácrata, ahora dice él que nubepensador, pero que no hacía ascos a la hora de defender barbaridades urbanísticas. Como la legalidad amparaba al equipo redactor, la Diputación de Zaragoza, gobernada por el PAR, encontró la solución: rescindirnos por las bravas el contrato de redacción (pagando el 100% del importe, para acallar protestas). Así dejaron sin planeamiento a la zona durante años, para hacer y deshacer a su antojo. Creo que fue mi último trabajo aragonés. Aragón: eso sí que es un verso suelto...


Al menos la movida sirvió, aún cuando la batalla la perdimos, para generar la idea de que el Moncayo era sagrado. Ahora (burradas aragonesas, de nuevo) se han pasado, y lo han hecho tan sagrado que sólo es de uso y disfrute de los biólogos... con lo que la gente ha dejado de acudir. Hace sólo unas décadas la Virgen de agosto era un  hervidero de gente comiendo las chuletas a la sombra de las hayas, refrescándose con agua de la fuente del Sacristán.

Hoy sólo pueden hacerlo quienes se construyeron chalets en medio de las huertas y bosques del piedemonte del Moncayo, esos sí pueden asarse las chuletas. Mientras que los  asadores que se construyeron en los '70 para disfrute del pueblo decaen aburridos, en desuso por la persecución ecocéntrica. 
Pero ¿es que no hay manera de que entiendan, estos cenutrios empollones, que si no es para la felicidad de los hombres (de la mayoría, a poder ser de todos), conservar la Naturaleza es un objetivo absurdo?

En fin... Esperemos que nos dejen seguir disfrutando siquiera de pasear por el Moncayo, y nos dejen beber el agua de sus fuentes

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