las herramientas productivas nos ha supuesto.
Pero ya había pensado antes al respecto, sobretodo hace quince o veinte años, cuando me daba las grandes panzadas de aprendizaje de docenas de programas que enseguida abandonaba por otros que inmediatamente sustituía por otros que a su vez se autosustituían ipso facto. Porque lo de la obsolescencia planificada es, en el ámbito de las TICs (y en cierto modo lógicamente) no una ley económica, sino una fuerza de la naturaleza. Es decir: si sumásemos el tiempo que hemos dedicado a aprender el funcionamiento de hardware y software, a mantenerlo, a renovarlo, nos alucinaríamos. Uno compraba un arado hace cien años y en los siguientes veinte no tenía que hacer otra cosa que llevarlo un día al herrero a afilarle un poco la punta. Se compraba un tractor hace medio siglo, se subía y a trabajar; cambios de aceite, y a lo sumo un día al mes en el taller, que por cierto se aprovechaba para charlar con los vecinos. No digamos la máquina de escribir, aún tengo nuevecitas las que me compré, una de ellas hace casi cuarenta años, y la curva de aprendizaje fue cero: mal que bien, desde que la saqué de la caja empecé a escribir.¿Es que estamos idiotas?. ¿Cual es la clave de que, a pesar de esa enorme pérdida de tiempo, hayamos progresado tanto en las últimas dos décadas? Pues que no se lo hemos quitado a la producción, al mercado, sino al ocio, a la familia, al sueño... a la vida. Y la pérdida de vida, de vidas, no afecta a la economía en una sociedad capitalista. Antes al contrario, la estimula. Estamos apañados...
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