20150128

Curiosidades: demoscopia de la buena, a ojo de buen cubero

Entre los libros que mantengo abiertos actualmente (unos en pdf, otros en epub, en fb2..., ninguno en papel), hay uno que a primera vista sólo me pareció curioso, pero luego ha resultado muy interesante. Es una recopilación de entrevistas periodísticas realizadas entre 1859 y 1992. Con el etnocentrismo propio del mundo anglosajón, el recopilador, Christopher Silvester no se detuvo a analizar si en español, francés, italiano, portugués...o chino, se hicieron entrevistas con anterioridad. Pero no importa, los anglos son así, y la selección de entrevistas compensa.

A la vista de los deambulares demóscopicos hispanos actuales, me resulta especialmente divertida la entrevista a Theodore Roosevelt, "el viejo". Pensemos que la Sociología Electoral por supuesto no existía todavía, ni siquiera le prestaba atención la entonces balbuciente Ciencia Social a tales asuntos... lo que no significa que no existiese, avant la lettre. A la vista de esta entrevista, algunos brujos no necesitaban ni hacer encuestas, visto el fino análisis que pone de manifiesto el todavía cachorro republicano (no olvidemos que, hasta entonces, el Partido Republicano había sido el partido progresista en los USA, aunque a partir del otro Roosevelt, el primo lejano Franklin Delano, cambiasen las tornas, y desde el New Deal son los demócratas los pogresistas).


Volviendo al "viejo" Roosevelt, el que luego sería presidente es entrevistado unos años antes, en 1886, tras presentarse a las elecciones por la alcaldía de Nueva York. Dejo sólo lo que se refiere al asunto. Hay fragmentos geniales, aunque también brutales (como lo es el análisis sociológico), y conceptos inéditos que, leídos hoy, suenan especialmente sugerentes, como nada menos que el de "voto de casta", y en un sentido muy distinto al que podemos pensar a priori.

"Hace dos meses el señor Roosevelt se encontraba cazando osos grises en las Rocosas. Hace menos de un mes era el candidato nominado a la alcaldía de Nueva York por el Partido Republicano, y luchaba noche y día para llevar adelante los deseos de éste. Hace pocos días estaba en Londres disfrutando enormemente con la abrumadora hospitalidad de sus amigos ingleses. Desde entonces se ha casado y ahora se encuentra en el continente. Después de todo lo dicho, sería superfluo añadir que el señor Roosevelt es un estadounidense típico. Esta observación no es, con todo, la perogrullada que parece, dado que Roosevelt (…) encarna a ese grupo de jóvenes educados y acomodados que, en lugar de entregarse inmediatamente a ocupaciones prácticas, como generalmente han venido haciendo hasta el momento, se muestran satisfechos con la situación económica que sus padres les han legado y buscan hacer carrera en los caminos no especialmente limpios del mundo de la política. El señor Roosevelt es joven; de hecho, aparenta menos de treinta pero, como dijimos durante las recientes elecciones, ha conseguido ya una serie de sorprendentes triunfos en la política y es, sin duda, uno de los hombres más destacados de su partido. (…)
        —Ante todo —dijo el señor Roosevelt cuando le expuse el objeto de mi visita—, debe saber que dos días antes de ser nominado tenía las mismas esperanzas de ser elegido a la alcaldía de Nueva York [frente, entre otros, a Henry George, autor del Progreso y miseria que tanto nos estimuló en tiempos a quienes teníamos alguna influencia costista, pero también del menos conocido aunque sociológicamente más interesante, Problemas Sociales ] que de ocupar el trono de Bulgaria. Durante ocho meses había permanecido totalmente al margen del mundo en mi rancho del Oeste en plenas montañas Rocosas cazando osos, ciervos, cabras monteses y cosas así. (…)
      —¿Esperaba ganar o resultó una sorpresa para usted?
      —Verá, debo admitir que cuando comenzó la batalla estaba convencido de que tenía una probabilidad entre cien, pero mis perspectivas fueron mejorando rápidamente día a día, y creo que puedo decir honradamente que antes de la fecha de la votación las apuestas habían bajado a tres o cuatro contra uno. No hace falta que le diga que las viejas ideas del partido se habían venido abajo en todos los frentes y que las novedosas consideraciones introducidas por la candidatura de Mr. George hacían extraordinariamente difícil realizar un pronóstico medianamente fiable.
      —La contienda electoral, Mr. Roosevelt, ha sido seguida desde Inglaterra con una atención sin precedentes; en especial, por supuesto, debido a Mr. George, aunque todos dudábamos en mayor o menor medida haber comprendido correctamente las condiciones del enfrentamiento. Tomemos a los candidatos de uno en uno: ¿cómo analizaría a sus propios partidarios?
      —Mis seguidores —replicó Mr. Roosevelt— eran, en primer lugar, todos los viejos dirigentes del Partido Republicano, que bajo ningún concepto habrían estado dispuestos a votar por los demócratas. En el otro extremo estaban los jóvenes de mi edad e ideas, casi todos ellos republicanos, que en su mayoría me votaron. Por supuesto, perdí muchos votos republicanos que debían haber venido a parar a mí porque todo el mundo pensaba que era imposible que tuviera éxito y que el único modo de dejar fuera a George era metiendo a Hewitt. Pero el número de personas que tenía pensado votar en ese sentido fue disminuyendo día a día, y a poco que la campaña hubiese durado una semana más, creo honradamente que habría perdido muy pocos votos por ese motivo.
      —¿Y Mr. Hewitt?
      —No le sorprenderá saber que la actitud de Mr. Hewitt contrasta enormemente con la de su partido. Desde luego, no se puede hablar de él sino con gran respeto, pero por otro lado, tampoco nadie que esté al corriente de los hechos puede dudar que, a excepción de los votos republicanos disidentes, que ya he mencionado, el apoyo a Mr. Hewitt procedía de los peores estratos de la política norteamericana, y constituían por sí mismos las cuatro quintas partes de las influencias políticas que los hombres honrados de Estados Unidos se están aliando para destruir. Iré más lejos y diré que si sale elegido, Mr Hewitt vivirá una conflictividad constante y grave con los hombres que le habrán aupado al poder, a menos que decida cerrar los ojos ante muchos de los poco escrupulosos manejos de la maquinaria política norteamericana. Aunque es, sin duda, un hombre admirable y un caballero en todos los aspectos, esas fuerzas le desbordarán casi inevitablemente. Hemos visto cómo ocurría lo mismo en el caso de Mr. Cleveland, y difícilmente podrá escapar el alcalde de Nueva York a algo que no ha podido resistir ni el presidente.
            —¿Y Mr. George? Como bien sabe, nuestro interés estaba centrado en su candidatura.
            —Lo comprendo perfectamente, y es absolutamente natural. Intentaré explicarle, en la medida de mis posibilidades, cuál era realmente, y no sentimentalmente, la posición de Mr. George. Pretendía montar demasiados caballos. En primer lugar, los socialistas.
            —¿Por qué no empieza usted por los anarquistas?
            —Para nosotros los norteamericanos, los anarquistas y los socialistas son prácticamente la misma cosa. Por supuesto que, individualmente, existen socialistas decentes, pero tomados en su conjunto, y especialmente por lo que se refiere a su actividad social, en Estados Unidos, socialistas y anarquistas son sinónimos. Siempre se han llevado a la perfección excepto en un caso, y fue toda una batalla, pero sus diferencias de opinión quedaron rápidamente resueltas a la vista de que la policía estaba sacando partido de ellas para repartir palos entre ambos bandos con edificante imparcialidad. Al hablar del elemento anarquista me refiero al partido de los desórdenes públicos, pura y simplemente, y también de personas que ostentan vagas ideas acerca de lo deseable que sería un reparto general de la propiedad en interés de muchos frente a la preservación de los privilegios de unos pocos. La segunda sección de votantes de Mr. George eran honrados e ignorantes trabajadores que creían, de un modo un tanto obtuso, que George "haría algo" por ellos. En tercer lugar venían los trabajadores honrados e inteligentes (el tipo de personas que dedican pensamientos superficiales a temas profundos) que se habían convencido a sí mismos, un proceso no especialmente complicado, de que George era portador de auténticos principios. En cuarto y último lugar estaban los filántropos sentimentales, los hombres que le dicen a A que B debería apoderarse de las propiedades de C y a los que les encanta hablar del tema. Todo va bien siempre y cuando B se limite a apoderarse de las propiedades de C, pero cuando empieza a apoderarse también de las de A, nadie les gana en ardor a la hora de denunciar al pobre B. Los miembros más conspicuos de esta clase son los antimonopolistas que hablan, digamos, de la confiscación de los ferrocarriles. En cuanto los confiscadores van un paso más allá y empiezan a hablar de la confiscación de las fruterías, por ejemplo, estos antimonopolistas defienden sus derechos como ciudadanos norteamericanos con la mayor de las indignaciones.
            —¿Pero no existe siempre una división etnológica de los votos en las elecciones estadounidenses?
            —Desde luego, y nunca ha sido más evidente que en las últimas. Para empezar, todos los irlandeses de la Land League votaron por George; todos los sacerdotes y la gente que éstos controlan apoyaron a Hewitt; todos los jóvenes irlandeses-norteamericanos votaron por mí. Los alemanes, como norma general, votan la mitad a los demócratas y la otra mitad a los republicanos. De entre estos últimos, la mayoría votó por George y con ellos todos los zafios teorizadores de temas sociales que, por norma, se interesan poco por la lucha política. El resto de la población extranjera, los polacos, los judíos, los bohemios y los italianos votaron por George. Por otra parte, obtuvo una proporción mínima de votos de norteamericanos nativos. De hecho, dudo que éstos superaran los 7.000.
            —Pero nosotros creíamos que existía un claro entusiasmo moral en el apoyo otorgado a George.
            —Por supuesto que lo había, aunque probablemente no fuera demasiado lógico. Recibió lo que podríamos llamar el voto de casta de la clase baja. Creyeron que al fin había llegado el momento en que podrían elegir a un hombre honrado dispuesto a proteger los intereses de los pobres. Sus sufrimientos son perfectamente reales y creían que George podría aliviarlos. Lo que alcanzaron a ver es que esos sufrimientos son, en primer lugar, irremediables por medio de ley alguna y, en segundo lugar, por cualquiera de las leyes que les gustaría ver puestas en práctica. Sus votos fueron honrados, y otorgados con entusiasmo moral, pero sus motivaciones eran tan inteligentes como la de un hombre que desea abolir la ley de la gravedad porque ha patinado sobre una piel de plátano. El "voto angélico", es decir, el de la gente que es realmente demasiado buena para vivir, fue a parar a Hewitt.
            —¿Qué resultado habría tenido la elección de George?
            —Eso puedo decírselo sin el menor titubeo. Habría significado la destrucción total del partido de George. Habría ocurrido inevitablemente una de dos cosas. O bien se habría hecho con el control la facción dura y desordenada, en cuyo caso los trabajadores honrados y decentes le habrían retirado su apoyo, o George habría manifestado públicamente sus simpatías por la facción honrada de sus seguidores, en cuyo caso los elementos desordenados le habrían defenestrado con unánime repugnancia.
            —Pero los partidarios de nacionalizar la tierra, es decir, el partido Progress and Poverty como tal, habría apoyado a George hasta el final, ¿no es así?
            —He oído hablar mucho de que George ha establecido el partido del que usted habla en Inglaterra y Escocia, pero en Estados Unidos simple y llanamente no existe. No hay ningún grupo organizado de hombres cuya misión sea la nacionalización de la tierra. Entre nosotros, quien quiere empezar a nacionalizar cosas no se detiene en la tierra... Somos demasiado emprendedores para aceptar tales restricciones.
            —He olvidado preguntarle sobre las actividades de los irlandeses dinamiteros.
            —El mejor modo de responder a esa pregunta es contarle a usted una historia.
            Mr. Roosevelt adoptó una expresión extremadamente seria. Una mañana, inmediatamente después de su nominación, estaba muy ocupado en su habitación privada organizando los preliminares de la batalla cuando anunció su presencia nada menos —aunque tal vez deberíamos decir que nada más— que el temible Mr. O'Donovan Rossa. El objetivo de Rossa, como podrán figurarse todos aquellos que estén familiarizados con los métodos de la gente como él, era vender su apoyo al señor Roosevelt al precio más alto posible. Su propuesta era como sigue: afirmaba controlar una buena parte del voto irlandés y estaba dispuesto a ofrecérselo a Roosevelt a cambio de dos cheques, uno pequeño "para la causa de Irlanda", pagadero al fondo y fechado el día después de las elecciones, con lo que podría ser cancelado si Mr. Roosevelt no salía elegido, y uno grande a su nombre y pagadero de inmediato. Como ya hemos dicho anteriormente, el vigor es, en términos generales, la virtud más característica de Mr. Roosevelt, y aquélla era una magnífica oportunidad para hacer alarde de ella. "Señor Rossa", dijo, "hay muy pocas personas en esta lucha con las que pueda mostrarme intransigente si lo deseo, pero usted es una de ellas. ¡Salga inmediatamente de esta habitación!", y abrió la puerta. El caballero que tanto terror despierta entre la mayoría de los ingleses, desde el ministro del Interior hasta el policía de a pie, desapareció con toda humildad.".

Me parece especialmente intereseante el concepto de los "filántropos sentimentales". ¿Puro postmaterialismo?

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