20121117

Durmiendo en la Ruta 66

En un hotel de carretera, después de aprender durante casi siete horas a conducir con cambio automático. Realmente es más fácil que con cambio de marchas, pero cogerle el asunto implica dos o tres frenazos de aúpa, hasta que consigues olvidarte del pie izquierdo.


En una cola de frontera, de nuevo, pero esta vez conduciendo, sorteando como se puede a los ambulantes. Que además son bastante funcionales. Están los que simulan ser tullidos, y se arrastran por el suelo como si no tuviesen piernas. Pero la mayoría venden cosas útiles: nopales cortaditos (parecen bolsas de judías verdes, es curioso que en la tierra del fríjol no se consuman las judías verdes), nieves (helados), golosinas para que los niños no den la tabarra durante la aproximadamente una hora de cola que hay que hacer, además de los souvenirs correspondientes, claro. Tan de todo que hay hasta cambistas, lógicamente, lo que ha sido de ayuda pues pasaba sin un sólo dólar en el bolsillo. 



Una tarde para pasar del desierto (en el que se veían cientos de pirados acampados en caravanas como autobuses, correteando por las dunas con unos cachivaches más estilizados que los quads, pero con el coche en marcha las fotos del móvil salen movidas, sólo esta es reconocible)....


....del desierto que rodea Mexicali a las montañas que rodean Flagstaff, una ciudad situada a más de dos mil metros de altura, y al lado de una mole de casi tres mil (que veré mañana, pues he llegado de noche; la foto la he sacado del Google Earth). 


El motel está en plena Ruta 66. Y aunque hay que compartir el parking con esos trucks-dinosaurios, hay espacio para todos.


Mañana hacia el Gran Cañón

...y evidentemente, al hacerse de día, se evidenció plenamente el salto dado el día anterior. Del desierto a la nieve. Al fondo, la mole que hay que atravesar (afortunadamente en coche). 


Flagstaff parece ser una ciudad que vive de alojar a la gente que viaja hacia el Gran Cañón, las explotaciones madereras, y la logística ferroviaria. Día y noche (afortunadamente viajo con mis tapones, o no habría podido pegar ojo, tal es el barullo permanente que se escucha) no dejan de cruzarse convoyes kilométricos con cientos de vagones con dos plantas de contenedores, tirados normalmente por tres máquinas (aunque el que pillé por los pelos en la fotografía era arrastrado por cuatro máquinas). Aunque según la wikipedia también es micro-ciudad universitaria (desde luego, la librería de Barnes & Noble es impresionante, absolutamente impensable una librería de esas proporciones en una ciudad española de menos de un millón de habitantes). Me llama la atención que la zona de parking del Ayuntamiento la han cubierto (debe de ser reciente, pues no aparece así en Google Maps) está cubierta con placas solares.


Y una ciudad, obviamente, ya preparada para la nieve


...porque ya ha nevado


En tierra de osos



Había que atravesar luego la mole que se levanta al norte de Flagstaff, por un puerto que alcanza casi  2.500 metros (como circular por la cima del Moncayo, vamos)



...por carreteras adoptadas a tramos, por empresarios, boticarios, equipos de fútbol, iglesias o familias hispanas que han perdido a un hijo en esa misma carretera (supongo que en tierra extraña no se atreven a colocar cruces en la vía pública). Pero aún quedan tramos disponibles (por cierto, que no es una mala idea para obtener recursos para la mejora de las vías públicas)


Y aún hay gente que tiene su primera, segunda o tercera residencia en esas praderas azotadas por el viento, en el Kaibab National Forest, en las que el invierno lo supongo una nevada de cuatro meses











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