20150527

Pónles una gorra...

... y se creerán generales, se decía en tiempos de uno (más) de los efectos indeseados del fayolismo en la administración, pública o privada (y es cierto: ha habido más entorchados en las grandes corporaciones empresariales que en algunos ejércitos).




Estamos observando y sufriendo, día tras día, el proceso de degradación de la función profesoral mediante la progresiva introducción (empiezo a creer que no es Bolonia, sino ellos, los inútiles hiperactivos) de cada vez más chorradas, procesos, formularios, indicadores..., la mayoría (siendo contemporizador) de los cuales en absoluto mejoran el proceso formativo, ni mucho menos la formación de los estudiantes, pero permiten sentirse realizad@s a una miríada de seres a quienes probablemente falta reconocimiento externo por el tipo de méritos mediante los cuales habitualmente se obtiene el reconocimiento (investigaciones realmente buenas, publicaciones realmente impactantes, contribución a la resolución de los problemas societarios, descubrimientos importantes para nuestra especie, ayuda a los colegas, a veces simplemente deplegar simpatía y amabilidad, etc.) Hace unas décadas sobrevivían tranquilamente, esperando los tres meses de vacaciones; ahora que sólo tenemos un mes, se entretienen en amargarles la vida a los demás.

En otras ocasiones me he referido a otros componentes del sistema (¿un espacio es un sistema, o un sistema se ubica en un espacio?), pero quiero ocuparme ahora del que sin duda podríamos tomar como el paradigma más universal y visible de todo este proceso: eso a lo que durante décadas (o siglos) hemos llamado, y todos lo entendían, "el programa de la asignatura", y ahora llamamos "la ficha". La ficha, osea algo plenamente intercambiable, como las fichas del casino (de hecho el 80% del contenido de las fichas de asignaturas está copypegado, eso que tanto recriminamos a los alumnos, pero que nosotros practicamos con fruición, a la fuerza ahorcan). El resto de acepciones de la palabra ficha no es que sean mucho más elevadas, desde la ficha policial a la ficha de un futbolista.

Vale, el inútil hiperactivo de turno (que no era tan inútil cuando consiguió imponer esa denominación obtusa, y mantenerse en el puesto a nuestra costa) nos la ha metido, y ahí andamos, manejándonos en el doble lenguaje para que los alumnos nos entiendan ("¿Profe, pero eso está en el programa?" / "Está todo en la ficha" / "Sí, pero... ¿está en el programa?"). De forma que quienes de toda la vida hemos hecho un programa completísimo, con sus contenidos desarrollados, con sus condiciones de evaluación, su bibliografía y otras fuentes, sus consejos y demás, hemos tenido que dejar de hacerlo, para pasar a macdonalizar una ficha, copypegando competencias, actividades formativas, cronos y demás.

Antes los programas se diferenciaban. Había quien ni lo publicaba (jamás he visto que se abriese un expediente por eso a nadie, y cualquiera le chistaba a un catedrático por no publicarlo); quien lo elaboraba burocráticamente (quienes hoy copan los espacios de la caliditis y la macdonalización universitaria); quién hacía una virguería, estéticamente agradable; quién lo desarrollaba en extensión. Cuando llegó la informática, unos usaban Times, otros Arial, otros innovaban con la Palatino... Y los alumnos los tenían, en muchos casos los guardaban incluso.

Ahora las fichas son eso, fichas. Todas iguales (y feas, profundamente feas, y horteras, profundamente horteras en los toques de color o diseño), todas llenas de lo mismo. Lo que diferencia a una asignatura de otra es menos de un 20% de la ficha (en el caso de quienes desarrollan al mínimo el programa, ni un 10%). Y por supuesto los alumnos ni las tienen, ni las buscan, ni mucho menos se le ocurriría a nadie guardar ESO. Paradójicamente, tras el fin del fordismo, de la era de las chimeneas y la uniformización, en el tiempo de la especialización flexible... hacemos puras réplicas gélidas, vulgares, y encima disfuncionales.

Por eso quienes tenemos un poco de sensibilidad, junto a esa inutilidad preparamos el auténtico programa, un powerpoint más o menos estiloso, pero en cualquier caso cumpla tres principios: claridad, claridad y claridad... Osea, que los alumnos que buscan (que no son todos, ni mucho menos) informarse de la asignatura, lo que buscan en el campus virtual es ese powerpoint. Durante este curso he preguntado por curiosidad en todos mis grupos (cuatro, con doscientos y pico alumnos en total), y ninguno (NINGUNO) se había molestado en buscar LA FICHA, a pesar de que la tienen igual de visible en el campus virtual, en la web de la Facultad, y en los consiguientes espacios sólo aptos para evaluadores externos (no creo que nadie más los mire en ningún sitio) en los que supuestamente se mejora la comunicación; por supuesto ya no se busca comunicarse con los alumnos, la comunidad, o los padres... sino con los stakeholders. ¡Ele!

Hace años, además del programa, publicaba para mis alumnos extensas guías de la asignatura, alguna de las cuales parece que aún tiene utilidad por ahí, por ahí, por ahí y por ahí.... Creía que prestaba un mejor servicio a ese alumno (ciertamente minoritario) que realmente quiere aprender, profundizar. Ahora no me da la gana, no tengo ganas, no me quedan ganas, de mantener actualizada esa guía. Bastante tengo con hacer y rehacer con la última ocurrencia del último ningundi LA FICHA, y luego preparar lo que van a utilizar los alumnos en realidad: un programa comprensible, agradable de leer.

Lo más gracioso es que, en realidad, la función de la ficha ¡no es informar a los alumnos! Cualquier día os llega la amable solicitud (osea, la orden, porque ahora hay de nuevo órdenes en la Universidad, como en otras épocas, y todas emanan del mismo sitio: el vórtice de la calidad, que va envolviéndolo todo), de añadir nuevos epígrafes a la ficha. Si uno se entretiene en leer hasta el final el mensaje, seguramente descubrirá que la motivación no descansa en la voluntad de los alumnos se informen mejor, sino en la previsión de que hacer eso FACILITARÁ LA ACREDITACIÓN DE LA TITULACIÓN.

Alucina, vecina. Es decir, deduzco, un listo evaluador ha razonado (pues hablamos de sueños de la razón, en suma) que si se incluye tal cagadita extra, esos alumnos que probablemente no conoce, y a quienes obviamente nadie ha preguntado sobre cómo se informan, obtendrán una información de más calidad. Y por tanto, valora mejor a las titulaciones que han incluido la cagadita que se le ha ocurrido a él, o a quien le pasó el carguillo en correturno. Y la voz se corre, y todas las titulaciones meten la cagadita... hasta que se le ocurra otra, claro,

¿Osea, que te acreditan (más fácilmente, sería el colmo que dependiera de eso, aunque a saber) la titulación si has cumplimentado un formulario lleno de basura informacional, o smog binario, porque supuestamente eso demuestra que comunicas adecuadamente a tus alumnos, pero en realidad ese formulario es cada vez menos utilizado por los alumnos, porque cada vez les resulta menos informativo, y a la postre menos útil?

¡Majaderos!


PD.: Los majaderos no son ellos; somos nosotros, por dejárnoslo hacer


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