Así que, tanto ir y venir al pasado, no me sentí nada raro con el salto en el tiempo que dí ayer, de nuevo en plan transfronterizo, en la Universidad de Évora, en donde participé en un tribunal de tesis doctoral. Lo que nunca había conseguido nadie en España (disfrazarme para un acto académico) lo consiguió mi amiga Mariana Cascais (el haber sido Secretaria de Estado, y encima por la derecha del PP portugués, que es como la línea Acebes/Zaplana, imprime carácter). Aunque en la fotografía parezca que llevo más bien la chaqueta utilizada por Barry Gibb en la primera actuación de los BeeGees en Las Vegas, o incluso la de Georgie Dann en sus mejores tiempos, no es así; es una bata como de judío errante. Que a Mariana le da autoridad, pero a mí me apayasa un poco, la verdad...


El sistema es algo distinto que en España. El tribunal, diseñado también por el propio Departamento en el que se lee la tesis, está formado por siete miembros (además de un funcionario que levanta acta). De éstos, dos como he dicho se nombran para atacar a fondo, durante media hora cada uno, tras la exposición breve del candidato. Este puede responderles durante el mismo tiempo. Luego intervienen otros cuatro , tres de ellos también para plantear pegas aunque más brevemente, pero el cuarto es el director (orientador) de la tesis, y habla más bien para defenderle. El séptimo miembro es el presidente, representante del rector, que no participa. Se hace luego una votación para aprobarle o suspenderle. Y si sale aprobado, se vuelve a votar para darle la nota básica o el cum laude.
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En realidad yo estaba más nervioso que el tesitando, porque me empeñé en leer en portugués no hablado, sino destrozado, mis críticas. Y porque pasada la primera hora se me escapa la mayor parte del contenido en portugués, y el acto duró tres... Pero acabó bien para todos; sobre todo para el tesitando: salió doctor, aunque con la nota básica.
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