20160412

Cuando las multitudes no son inteligentes



Tendemos a distinguir las multitudes (inteligentes) de las masas (irracionales). En clase hablo a mis alumnos de las multitudes endodirigidas, y que se expresan muy bien en ese aparente caos circulatorio de peatones y coches en el centro de las grandes ciudades (y que ahora el Big Data aprovecha tan ricamente, pues sus movimientos son totalmente predecibles), y las masas exodigiridas, cuya evolución y movimientos son absolutamente imprevisibles. Osea, que no es ningún invento de Howard Rheinhold, pues cualquier sociólogo que haya tenido una cierta inquietud fuera del canon y se haya adentrado en la lectura de Le Bon y Tarde (ya se sabe, demonios para Durkheim y por tanto excluidos desde entonces), y haya soslayado la penosa traducción del término masa (agregado informe, indiferenciado) francés (foule) al de multitud (agregado de muchos) en español (en francés también multitude), habrá dado en esa nítida diferenciación.

Sobre esa base no pocos emprendedores sociales han desarrollado herramientas como Change.Org que permiten canalizar demandas y reivindicaciones a menudo individuales que, sin embargo, con el apoyo de multitudes telemáticas anónimas pueden conseguir apoyos más eficientes. Y desde luego que se consiguen cosas, aunque más fácilmente aquellas que apelan al sentimentalismo (de nuevo la irracionalidad) que las que apelan a la racionalidad explicando una injusticia.

¿Pero qué pasa cuando las multitudes pide cosas absurdas, que pretendiendo hacer un bien estimuladas por el sentimiento irracional (compasión empática), en realidad están buscando un daño colectivo? En ese momento mismo la multitud deja de ser inteligente, y se convierte en masa exodigirida. Es lo que me sugiere la propuesta que Change.Org me envía. Se pretende que firme para que la Xunta de Galicia legalice (pues de eso se trata), saltándose a la torera casi medio siglo de esfuerzos en el planeamiento territorial por articular unas relaciones armoniosas entre lo rural y lo urbano, la ocupación residencial de un espacio agrario de especial protección. 

Uno mira la foto, lee los titulares, y cómo no sentir por un lado compasión por la familia en trance de exclusión, por el otro simplemente simpatía por quien parece haber optado por la vida en el campo.

Sin embargo, luego lee uno el "informe" por completo, y descubre que en su día fuieron apercibidos de la ilegalidad de la construcción, y se pasaron las advertencias legales por el arco de triunfo (¿tal vez confiados en algún alcalde gallego tan propio?). Que tras terminar la casa fueron notificados para su demolición, en cumplimiento de la Ley del Suelo (si vale para el gran hotel de playa andaluza, ¿por qué no ha servir la misma determinación legal para el "neorural" gallego?), y como quien oye llover. Y ahora, que se encuentran en una situación aparentemente difícil (porque ciertamente, no se compadece mucho esa dificultad con mantener dos caballos, que debieron costar lo suyo y cuyo cuidado y mantenimiento cuesta lo suyo), se nos sugiere que nos compadezcamos al ver dos tiernas criaturas de las que se esconde el rostro, y las ovejitas, cuando la Xunta impone que de una vez se ejecuten las sentencias. Y obviamente nos compadecemos. Es una auténtica putada.

Pero no por ello es posible apoyar esa petición de privilegio que acaba con medio siglo de difícil camino hacia la protección racional del espacio rural. Y es un auténtico chantaje moral que se plantee siquiera en esos términos (por lo demás, el derribo no acaba con lo que parece ser el medio de vida de la familia, pues incluso tendrán más parcela para dedicar al ganadoo el huerto). Bien está que se pida negociar las condiciones, que la misma Xunta que debió ejecutar hace muchos años planifique el derribo de forma que permita adaptarse a la nueva situación, buscarles una casa si hace falta. Pero si los Algarrobicos se derriba (con muy buen criterio), las viviendas aisladas en no urbanizable protegido también deben derribarse.

Ay estas masas, en qué líos nos meten...





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