20070613

Latour, el asunto

Lo más significativo sobre Bruno latour y su palabrería estupenda lo dijo sin duda, de pasada, Alan Sokal. ¿Qué dijo, de él y de otros franceses, como Lacan o Kristeva? Que utiliza el prestigio de la ciencia dura, aún sin conocer el significado real de los conceptos manejados, para dar una pátina de autoridad a su trabajo. Por eso es uno de tantos postmodernos (aunque él se pretenda no-moderno) metidos habitualmente en el saco de las imposturas intelectuales. Pero hay que reconocerle que tiene ocurrencias interesantes, escribe muy bien, habla mejor, y vende que da gusto. Y ha sido uno de los sustentos, durante años, de muchos de quienes se han acercado a la Sociología sin una base sociológica fuerte.
Pero a mí (que he leido algunos de sus artículos, y alguna vez me he pasado por su web) siempre me ha extrañado un poco su obsesión por aparecer como sociólogo, cuando en realidad es antropólogo, y a mucha honra. Ya está... El colega de mi Universidad que me retira la palabra si hago bromas sobre antropólogos (ignorante de que la Antropología es un componente importante de mi formación, que tengo un profundo respeto por los auténticos antropólogos, y que la obra de gentes como Malinowski, Rappaport, Steward, Harris o Sahlins han influido mucho en mi trabajo) se volverá a cabrear, pero que le vamos a hacer: con su pan se lo coma. El asunto es el sisguiente: ¿por qué no vender como lo que es, una etnografía de los laboratorios científicos, lo que ha vendido como una (nueva, faltaría más) Sociología de la Ciencia? Seguramente por esas cosas que decía Sokal: porque calculó que el espíritu positivo de la Sociología le otorgaría más predicamento, en unos tiempos en los que Antropología estaba un poco decaida.
Claro que eso ocurría hace dos o tres lustros. Ahora, en el marco de la eyaculación o éxtasis de la postmodernidad (el multiculturalismo), la Antropología está adquiriendo predominancia (por ejemplo, Microsoft no encarga a sociólogos, sino a antropólogos, analizar cómo usa la gente los ordenadores, para diseñar el nuevo Vista que por cierto está siendo un fracaso) no por sus auténticos méritos (su enorme aportación al conocimiento de las culturas ajenas al estándar occidental), sino por razones muy distintas, entre las cuales está su tolerancia para la interpretación subjetiva, o la no utilización de técnicas cuantitativas de investigación (que son un rollazo, sí, al lado del sex appeal de la observación participante).
Así que ya no se tiene que hacer pasar por sociólogo. Y echa mano ahora nada menos que de Gabriel Tarde , la bestia negra de Durkheim (que por supuesto merece un respeto, e incluso, como creí en 1994, con ocasión de su centenario, un reconocimiento... en lo que vale), para anunciar la muerte de la Sociología. ¿Se imaginan la razón, no?. Pues sí, claro: lo social no existe. Somos amebas.

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